
viernes, 14 de mayo de 2010
Festival del Día de las Madres...

viernes, 30 de abril de 2010
Con la luz encendida...

martes, 30 de marzo de 2010
Galletas de mantequilla...

Con el desastre de la mudanza que hoy por fin después de tres meses concluye, llegaron cajas y zapatos, bolsas y juguetes, libros y… todo mi equipo de repostería, sí! Mi deseo desde los doce años fue aprender repostería, no como una profesión sino como un hobbie, como un placer, un gusto pues, al paso de los años me conformé con repetir una y otra vez la receta de galletas de mantequilla que mi Mamá tenía a la mano, siempre quedaban deliciosas así que el proceso se veía coronado por las sonrisas y los “me das otra?” de los comensales, que satisfacción más plena que es ver el fruto de tu trabajo convertido en éxito, en fin, aquella receta, que aún conservo escrita a mano (con pésima caligrafía) empieza como toda buena receta con un título:
Galletas de Mantequilla
Luego claro, los ingredientes:
750 grs. De harina cernida
250 grs. De azúcar glass
500 grs. De mantequilla (nunca nunca usar margarina porque la galleta encoge y puede perder la forma)
1 cucharadita de vainilla
2 yemas
Esta receta la he preparado muchísimas veces, no sé cuántas pero era obligada cada Navidad, recuerdo que…ah, perdón, falta la preparación:
Se acrema la mantequilla con el azúcar glass. Se incorporan la vanilla y las yemas y al final se agrega la harina…
Saben de que me acordé? De las trencitas de mantequilla, creo que mi Mamá aún conserva la charola en la que horneábamos, olía delicioso, aún ahora, cuando horneo, más que la textura, el color y la famosa prueba del palillo, es el aroma el que me da el punto exacto, probablemente sea la única loca con esa teoría, bueno pero les decía.
Se deja reposar en el refrigerador por una hora, para hacer más fácil el trabajo posterior (es probable, dependiendo de clima de tu ciudad, que la masa se haya endurecido, si es el caso, puedes ablandarla metiéndola 30 segundos en el micro), luego se extiende la masa, se corta de acuerdo a la figura deseada y se hornea a unos 170 grados centígrados por unos 20 minutos o hasta que la galleta esté ligeramente dorada (si tu horno calienta mucho, a 150 grados, deben quedar perfectas).
Mientras horneamos les cuento, me olvidé por mucho tiempo de la repostería, hasta que ya de grande, casada y con mi hija de unos ocho meses de edad, me vi, a causa de mis propias decisiones, desempleada, así que con la ayuda de mis Papás, me metí a clases de repostería para “hacer negocio” los tiempos eran otros, yo luchaba en conjunto, no lo niego, por sacar una familia adelante y sin embargo, al mismo tiempo, estudié repostería como rescatando un sueño, como rescatándome a mi, queriendo sacar fuerzas de las cosas que amo hacer para resolver un momento de crisis, de pronto adivinaba lo que los ex compañeros de trabajo pensarían de la Lic. Tania Valladares anterior Especialista en Desarrollo Organizacional y Comunicación Interna, vendiendo galletitas, pero no me importó, tan no me importó que hice pasteles para muchos de ellos.
Ya deben estar listas las galletas, por cierto, antes de hornearlas, pueden poner un palito de bambú o de papel para usarlas como paletas/galletas en centros de mesa, no es recomendable que sea de madera porque como decía mi maestra “rancian” las galletas, puedes decorarlas con royal icing, betún tipo merengue de colores o barnizarlas con yema antes de hornearlas, a mi Mamá le gustan naturalitas.
Otra cosa importante es que si quieres hornearlas para ser decoradas, debes abrir el horno unos 5 minutos antes de que estén listas y con una espátula de metal aplanar las burbujas para que queden lisitas.
Voilá! galletas deliciosas, ya verán…que les iba a decir?, ah sí, el recuerdo más duro de esa temporada fue ir con mi hija, que apenas caminaba, de tienda en tienda en un centro comercial ofreciendo las galletas decoradas, “son preciosas pero aquí no las pagan” fue la respuesta general, agotada de cargar/caminar con Luna nos sentamos en el área de comidas y una Señora vió las galletas (que ahora venden en todas las tiendas en las que me dijeron que no), le gustaron, compró un par, intercambiamos datos y a la semana le vendí doscientas galletas para un evento, que curioso, a menudo hablo de que cuando dejé de trabajar me dediqué a las ventas, pero siempre obvié ese momento y ahora que lo pienso, fue el momento exacto en el que empecé a vender, a advertir una oportunidad y tratar de repetirla una y otra vez, generando ganancias y bueno, otros hechos y decisiones me han traído a este momento, tan lejos de aquel otro…
Es curioso sentir nostalgia por los momentos en que tu necesidad era mayor, tu situación más desesperada y tu esfuerzo más agotador, quizás se deba a que te reconoces de nuevo, a que sabes que fue la gestación del momento que vives ahora, después de todo, nunca se sabe lo lejos que pueden llevarte unas galletas de mantequilla.
Que las disfruten.
domingo, 28 de marzo de 2010
Amar así...

He de confesar que asistí a regañadientes, como cada año, no soy lo que se dice, alguien que brille en sociedad, pero la emoción de mi hija por la promesa de su Maestra de que los que llegaran puntuales recibirían un aplauso, me desarmó, y allá fui…
Durante la tradicional tabla gimnástica con aritos y pompones, aplaudí rítmicamente de acuerdo a la música en turno por no desencajar y en las primeras competencias me dediqué a criticar a las Mamás y Papás desgañitándose: ESE ES MI HIJOOOOO!!!! y a observar las actitudes de los pequeños, unos ocultando su vergüenza mientras volteaban para otro lado y otros, los más entusiastas, saludando efusivos a sus progenitores.
El turno llegó por fin al grupo de mi hija y en el cerrado final de la competencia me descubrí a mi misma gritando como loca “ESA ES MI HIJAAAAA!!!!” al evento deportivo le sucedieron otras actividades y poco a poco, sin remedio, terminé por integrarme, desde repetir el grito de “ESA ES MI HIJAAAA!!” cuando brincaba en unas ligas, hasta sostener la paleta de colores que usaba para pintar a Bambi y ensuciarme de barro al asistirla en una escultural creación perruna.
De vuelta a casa, ella dormía en el asiento trasero, aún con rastros de maquillaje de batichica, y yo pensaba en que el amor a los hijos se da de forma tan natural, que a veces olvidamos que está ahí, suena radical, pero es así, porque una cosa es que exista y otra que sepamos darlo, estas ideas arcaicas “desde luego que sabe que lo quiero, es mi hijo” prevalecen en muchos de nosotros. Hay tantas cosas que nos distraen del dar amor, el simple día a día, las presiones económicas, la propia educación, que muchas veces nos perdemos en el “tiene todo lo que necesita” y no hemos brindado unos minutos de nuestro tiempo a abrazarlos en total tranquilidad contra nuestro pecho y acariciar su pelo mientras les decimos: te amo.
Esto, como toda reflexión, resume conclusiones a las que es fácil llegar si se tienen dos gramos de seso y uno de sensatez, ahora que hacerlo, es otro tema.
Mientras escribo estas líneas, no puedo dejar de pensar en todas las veces que no he estado cuando mi hija me necesita, en que su llanto no me ha conmovido ni he dejado que su risa me arrastre a un mejor ánimo, la de cuentos que no le he contado, los abrazos que no le he dado y lo cobarde que he sido cuando aún mientras duerme y memorizo su carita, o acaricio su pelo y le beso la frente, descubriéndola pequeña e indefensa entre mis brazos, la rutina del día siguiente me arranca de nuevo de ese estado y no hago nada para volver a él.
He fallado sí y no importa cuánto aprenda cada día, cuánto trate, lo que haga no será comparable a lo que siento por ella: amor eterno e incondicional.
Y la vida se me irá en seguir tratando de que sepa cuánto la amo, es mi deseo que un día a pesar de que las veces que acerté sean para ella tan evidentes como mis errores, ella lo entienda y una mirada baste para decirle todo lo que hasta ahora no he sabido transmitirle.
Hoy, cuando su perrito de barro se cayó al pasto y se hizo pedazos, la abracé para evitar que llorara, recogimos los pedacitos y regresamos al puesto donde lo hizo para reconstruirlo, mientras yo trataba desesperadamente de volverlo a su forma original me miró con una sonrisita que no voy a olvidar, le sonreí yo de regreso y de camino al coche con el maltrecho perro y las manos de las dos llenas de barro me dijo: yo también te quiero.
“Ser Mamá es aceptar que tu corazón caminará por siempre fuera de tu cuerpo.” Elizabeth Stone.
viernes, 19 de marzo de 2010
La yo que solía ser...

sábado, 13 de marzo de 2010
De sorpresa y expectación

jueves, 4 de marzo de 2010
Carpe diem
