jueves, 11 de abril de 2013

El pozo depresivo



Hay una frase que se le atribuye a tantos autores que no me atrevo a adjudicarle el que yo creo que la dijo, es aquella de “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”, y por ahí hay otra que dice que “la juventud es una enfermedad que se cura demasiado pronto” y hay quienes señalan que no es enfermedad ni tiempo sino un estado de ánimo, y a mí me gusta coincidir con esta última, por más que mi lumbalgia se empeñe en diferir.

Y es que crecer (según yo) se trata de conocer, abrir la mente, aprender a ser agradecido y valorar lo que tenemos y no tiene nada que ver (de nuevo, según yo) con envejecer.

A principios de febrero tuve el gran GRAN placer de recibir por primera vez a mis Papás, era la primera vez que viajaban al extranjero sin que alguno de mis hermanos (o yo misma) los acompañaran y eso añadía un poco de adrenalina a la experiencia, pero afortunadamente y después de mucha espera y un retraso de su vuelo proveniente de Sao Paulo (donde habían hecho una escala), cruzaron la puerta de llegadas del aeropuerto y como decimos en México “me volvió el alma al cuerpo”, solo para luego volverse a salir cuando por fin pude abrazarlos.

No voy a abrumarlos con todos los detalles del viaje, pero sí quiero compartirles cuál fue la impresión que se llevaron del paisito que hoy, a más de un año de habitarlo, me atrevo a llamar hogar.

Antes de que siquiera iniciaran el viaje, les advertí de todo lo que tendríamos que caminar, les advertí del sol y del calor y de todo lo que se me ocurrió advertirles, porque “el que avisa no es traidor” y no quería que fuera algo que los desencantara antes de encantarlos, pero afortunadamente eso no ocurrió, porque a pesar de que caminamos y caminamos y caminamos y caminamos y seguíamos caminando, fue en realidad algo que disfrutaron y encontraron maravilloso, sobre todo porque su rutina diaria implica horas (no exagero, son horas) de viajar en automóvil de aquí para allá y de allá para acullá y de regreso.

Se mostraron también muy sorprendidos de cómo Minas, a pesar de ser una ciudad tan chiquita (sobre todo en sus parámetros), tiene TANTAS cosas TAN hermosas a su alrededor para ver y visitar, estuvimos en el Parque de Vacaciones, fuimos al Salus, al Salto del Penitente, a Villa Serrana, a la Represa de OSE, caminamos por la rambla, subimos el Verdún (por cierto, creo que dejé allá un pulmón, si alguien lo encuentra favor de devolverlo), y aún nos quedaron algunos sitios pendientes de conocer y re-visitar.

También salimos algunos días de Lavalleja, para visitar Piriápolis, la reserva natural de Pan de Azúcar, Punta del Este y desde luego, Montevideo y muchos de sus atractivos.

Todo les maravillaba y yo disfruté mucho viéndolos maravillados, mi Papá se interesó mucho en las aves y mi Mamá en las plantas y los árboles (dice que nunca había visto árboles tan grandes).

Otra cosa que les gustó, que capaz que acá ya ni lo notan porque hay cosas que con la rutina se vuelven invisibles, es que prácticamente todas las personas con las que nos cruzamos en la calle y había un mínimo contacto visual, nos saludaban, lo que motivó a mi Padre a iniciar cierto tipo de “experimento social” y luego iba saludando por la calle a todo mundo, solo para comprobar que le regresaban el saludo, cosa que muy a mi pesar, hace años que no pasa en México, al menos no en el entorno en el que viven ellos, y en el que yo vivía también.

Pues bien, todo era miel sobre hojuelas, hasta que un día regresando de Villa Serrana, decidimos pasar por el Cerro Artigas con el objetivo de quedarnos ahí hasta que cayera el sol y ver el hermoso atardecer minuano desde un sitio privilegiado (sobre todo porque un día antes, nuestro patio se había pintado de rosado en el ocaso y a mi Madre le había resultado encantador).

Mientras nos tomábamos fotos en el monumento Artigas, una chica… no sabría decir su edad pero seguramente tendría diecisiete o dieciocho se separó de su compañero (con quien hace rato tomaba mate y comía alfajores, de forma muy cordial) para venir a preguntarnos de donde éramos, dijimos: de México y ella le gritó a su compañero: “Te dije, ¡son mexicanos!”, y mientras muy amablemente la jovencita nos preguntaba qué sitios habíamos visitado y si nos había gustado, y nos daba otras opciones para explorar, el chico gritó desde el lugar donde seguía tomando mate y comiendo alfajores en completa paz: “¿Y qué los trae a este pozo depresivo?”, y mi esposo le respondió: “Yo soy del pozo depresivo”.

La chica intentó minimizar el incidente pero la verdad es que fue un momento incómodo y bueno, terminó por despedirse, deseándoles a mis Padres una feliz estancia, mientras nosotros decidimos cambiarnos de sitio para ver el atardecer que ya estaba por llegar.

Está claro que lo que dijo el muchacho no cambió en absoluto la percepción de mis Padres respecto a Minas, lo cierto es que los sorprendió mucho y estuvimos hablando de eso durante un rato, concluimos que algunas personas (no todos, por supuesto), necesitan contar forzosamente con un punto de comparación para aprender a apreciar lo que tienen.

Hay que salir, informarse, conocer lo que está afuera, para aprender a reconocer y valorar lo que tenemos dentro, y no hablo de que este chico tendría que irse a recorrer el mundo mochila al hombro, hablo de expandir las fronteras mentales, hablo de distinguir entre la saludable ambición de crecer y extender las alas y confiar en que se puede ser quien se quiera ser donde se quiera ser y culpar a tu entorno, al tamaño de tu ciudad o hasta a su posición geográfica, de los estados de ánimo que no dependen mas que de uno mismo.

La anécdota por supuesto se convirtió después en algo gracioso, y de forma sarcástica nos referíamos a Minas como “el pozo depresivo”, cuando hablé con mis Papás después de regresar a México, me decían: “Regresamos a México y volvieron todas nuestras dolencias, tan bien que nos sentíamos en “el pozo depresivo”, qué ganas de volver”, y nos reíamos porque a ellos, a mi, y seguramente a muchas personas que han salido y regresado o pasado por aquí, les parece justamente lo contrario.

Es claro que nuestra perspectiva se ve influenciada, más que por nuestra edad, por la experiencia, la de mis padres, la mía, la del chico… y a raíz de eso me da por pensar ¿qué se necesitará para que mi hija aprenda a valorar esta ciudad, ahora su ciudad, y todo lo que la rodea?, ¿qué responsabilidad tengo yo como adulta, con una visión tan distinta, en la opinión y el sentir que ella tenga acerca de su entorno? Creo que es una pregunta que bien vale la pena hacernos, no para que nunca salga de Minas, sino para que si un día lo hace, recuerde con cariño las cosas que pudo hacer, y experimentar, como resultado de crecer en un lugar como este.


Mientras tanto, mis Padres ya hacen planes para volver, y yo no puedo esperar a tenerlos de vuelta.

lunes, 28 de enero de 2013

Tiempos pasados siempre fueron anteriores

Desde que llegué a Uruguay, o mejor dicho... desde antes de poner siquiera un pie en tierras uruguayas, a través de Benedetti y Zitarrosa, me llegó ese inconfundible toque de nostalgia y melancolía que he logrado constatar durante este primer año viviendo por acá, y de hecho esta no es la primera vez, y seguramente tampoco será la última, que toco ese tema, porque simplemente me es inevitable.

Por supuesto la familia de mi esposo, que es ahora mi familia y la de mi hija, no está exenta de vivir esta nostalgia, es de hecho un claro y vivo ejemplo de lo que hablo. La fotografía que acompaña esta entrada es la del bisabuelo de mi hija, un madrileño que llegó a tierras uruguayas y se convirtió en maestro confitero, fue tal su éxito que abrió una confitería, que en una muestra más de nostálgico recuerdo, se llamó "Confitería Madrid" y que aún ahora, a varios años (décadas ya) de que desapareciera, sigue en el recuerdo de mucha gente, tanto por su calidad humana, como por las delicias que confeccionaba.

Creo que esta pequeña anécdota sirve un poco (o un mucho), para entender el por qué de la nostalgia uruguaya, y es que los extranjeros que por una u otra razón se quedaron a vivir en el paísíto (como le dicen cariñosamente), al parecer vivían con esa continua dualidad entre sus orígenes y el lugar en el que echaron raíz, siempre con la idea de volver, por lo menos de visita, a la tierra que los vio nacer.

Cabe decir que si bien este país, al igual que México fue conquistado por españoles, tiene también influencia de diferentes países europeos, principalmente Italia y Francia, aunque hay departamentos (estados) con colonias completas de alemanes y rusos, lo que creo que explica de sobra el hecho de que una generación tras otra, se vean obligadas, casi por instinto, a mirar hacia atrás.

Y es gracias a esa "cultura de la nostalgia", que mi hija y tantos otros niños de su generación, y de las generaciones venideras, tienen acceso a diversos documentos gráficos y objetos que han pertenecido por generaciones a su familia, desde retratos de la abuela cuando era niña, hasta el documento de identidad del bisabuelo, y el jazmín que el tatarabuelo plantó en el jardín, y se conserva como un tesoro, la cartera que la bisabuela llevó a la boda de no sé quien, los gemelos que el bisabuelo usaba para ir al banco, los binoculares del otro bisabuelo (indispensables para ir al teatro) y la cajita que el bisabuelo le dio a la bisabuela cuando eran novios.

Decenas de fotos familiares, de paisajes, recortes del diario, listones y encajes, como yo sólo había visto en las películas, constituyen ahora parte del patrimonio de mi hija y espero que un día también lo sean de sus hijos y sus nietos... cosa que no es tan difícil de creer, si consideramos que algunos de esos objetos ya rondan el siglo de existencia.

Tengo la impresión de que ella aún no comprende en su totalidad la riqueza histórica que tiene a su disposición, pero confío en que pronto lo hará, mejor dicho, me aseguraré de que lo haga, y por otro lado, siento la obligación de recuperar algunas de las fotos que dicen algo de mi, para que haya una evidencia gráfica de su familia mexicana, que si bien tengo a la mano en versión digital, no tendrán el mismo significado que tienen los objetos que sabes que una vez, hace mucho tiempo, en otro siglo incluso, estuvieron en las manos de los que te antecedieron.

Cuando estaba embarazada y el Doctor nos dio la noticia de que esperábamos una niña, le dijo a mi marido en tono de broma: "Lástima, no se va a preservar el apellido... cuál es?" y cuando mi esposo respondió: "García", dijo "ah bueno, García hay muchos, no se va a acabar nunca", y todos nos reímos.

Pero ahora sé, que "preservar el apellido", no tiene que ver necesariamente con tener uno rimbombante, o que este permanezca inscripto en las actas de nacimiento de las nuevas generaciones, sino con conocer su historia, y reconocerse como parte de ella, encontrar su lugar.

Así, cuando alguien le diga a Luna que "Garcías hay muchos", ella sepa que aunque eso sea verdad, ella proviene de una rama en particular, la del Maestro García de la confitería Madrid... y de Juan Valladares del molino en San Andrés, y la de los Huerta, y los Olmedo, los Oggero, los de la Cruz, los Hernández...

martes, 15 de enero de 2013

La espera


Pasa el invierno al sol y el verano a la sombra, con la piel curtida por dolores añejos, algo de caballero queda en su voz pausada, que musita un "Buenas tardes, Señora", en cada oportunidad.

Con el pasado a cuestas, espera... y espera sin saber a ciencia cierta, qué es lo que espera, y sin embargo, tiene la certidumbre de que va a alcanzarlo ahí, justo en ese punto de la calle semidesierta de un pueblo que solo Dios sabe que existe, de un punto que no ha merecido mención alguna en un mapa local siquiera, de un sitio que no tiene nada especial, nada particular... excepto para él, para eso que  espera, y para la Señora que un poco confundida le contesta todos los días: "Buenas."

lunes, 19 de noviembre de 2012

Elemental, mi querido Watson


Aunque no he leído todas las aventuras de Sherlock Holmes (que según tengo entendido son casi 60), conozco varias y me declaro admiradora no sólo del acertado detective sino de su creador Sir Arthur Conan Doyle, quien a finales del siglo XIX supo darle vida a un personaje que aún ahora, es el ejemplo a seguir para la creación de tooooodos los héroes de series policiales, desde cualquier versión que se piense de CSI, hasta exitosos dramas televisivos como el del Dr. House, quien durante un tiempo vivió con “Wilson” (que vendría a ser un “Watson”), en el apartamento 221-B, que corresponde a la misma numeración de aquel que el original Holmes compartía con Watson.


Este personaje ha sido traído a la vida una y otra vez por el cine y la televisión en innumerables ocasiones, y cuando en el 2010 una versión Hollywoodense lo puso de nuevo en boga (como si alguna vez hubiera dejado de estarlo), la BBC se dio a la tarea de crear una nueva miniserie (estupenda y altamente recomendable por cierto), que tuvo la osadía de traer a Holmes y a Watson al siglo XXI, la parte más interesante de esta adaptación, es la forma en la que los guionistas han decidido que Holmes interactúe con las tecnologías de la información presentes en nuestra era, y cómo en base al perfil diseñado por Conan Doyle, decidieron, por ejemplo, que Holmes está en pro del uso de los mensajes de texto (SMS) por celular.

Este año, un nuevo (y malo desde mi punto de vista, pero como dicen en mi rancho “ahi ca’quien”), intento por integrar a Sherlock Holmes en el siglo XXI, vino por parte de CBS, que lanzó la serie “Elementary” en la que un moderno Sherlock acompañado de UNA (sí, es mujer) Watson, se dedican a resolver crímenes y del que lo único que me llamó la atención, fue la coincidencia con la versión de BBC en decidir que Holmes usa, aprovecha, y hasta abusa de los SMS de celular a celular, pero, el Holmes de la CBS, además entiende, aplica y apoya el uso de abreviaturas modernas que pueden resultar incomprensibles para el resto de los mortales, aunque por supuesto para el resultan “elementales”.

Aquí es donde ya no sé qué pensar… me cuesta creer que el Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle aceptara, abrazara e incluso celebrara la deformación del lenguaje convertido a una suerte de código encriptado que es solo capaz de entenderse por las nuevas generaciones, un código en el que la sintaxis, la gramática, y hasta la fonética (de la ortografía ya ni hablamos), se pase por alto en aras de una comunicación más rápido… como que todo lo que tenemos que decir, fuera urgente de ser comunicado.

Entonces, las frases se convierten en siglas, las palabras en letras, las letras en emoticones (figuritas creadas con las letras para representar caritas felices :)  tristes :(  sacando la lengua :P  riendo a carcajadas xD  desconcertadas o_O indignadas u_u  asustadas D: y una cada vez más larga lista de etcéteras).


En mis nada lejanos años de juventud, las siglas TQM (Te Quiero Mucho), se hicieron populares rápidamente y a la fecha sigue siendo un código común y creo que entendido por chicos y grandes. Luego, con la famosa/bendita/maldita globalización, la web 2.0 y el consecuente auge de las redes sociales, las barreras idiomáticas han desaparecido y los más jóvenes hablan algo así como un “espanglish”, y entonces los códigos resultan ser abreviaturas de frases en inglés y no en español, por lo que dos amiguitas de 8 años se escriben mensajes diciendo “Tú eres mi BFF”, abreviatura de “Best Friend Forever”, y el “jajaja” que acostumbrábamos leer, se ha transformado por “LOL” (Laughing Out Loud) o incluso frase más largas “ROFL” (rolling on the floor laughing), y aquí me voy a detener porque si no, no nos va alcanzar el espacio, LOL.


Pero además de estas siglas (más que abreviaturas), una serie de anglicismos que tienen que ver con el mundo de la tecnología y el internet se han arraigado tan poderosamente en nuestro lenguaje, que la Real Academia de la lengua Española no ha tenido más remedio que aceptarlos, es así que googlear, feisbuquear, tuitear y chatear, entre otras, ahora son parte del idioma español o_O

Ahora bien, dentro de esta nueva subcultura de internautas que generan esta serie de códigos que luego pasan a la vida diaria y terminan siendo una forma reconocida y aceptada de comunicarse, lo que más rompe los ojos es la deformación del lenguaje, en la que parece que el alfabeto no tiene suficientes vocales y por eso hay que repetirlas, además de que es un arte/gracia/nosénicómollamarlequierollorar, escribir una palabra de cuatro letras, con faltas de ortografía intencionales y exceso de vocales,  por lo que es común en internet, en los mensajes de celular (y me temo que ya también en muchas escuelas), leer frases escritas de esta forma: “ooLAA liiiiNDDaaA, Kmo eZZtaaS?” (...creo que se me murieron dos neuronas nomás de escribirlo), me van a perdonar pero a esto último, todavía no logro encontrarle sentido.

Y por último, están las abreviaturas/letras/expresiones que se llevan la fonética entre las patas y que debo decir que son cada vez más comunes aún entre los adultos, y son las que encontramos cuando alguien para decir “que” escribe “k” …cuando se supone que “k”, suena “ka”…o yo estoy mal  …o muy vieja (no respondan). Y de la misma forma “x” que se puede leer “por”, al escribirse “xa” se convierte en “para” …de nuevo:  o_O

¿Habrá que adaptarse o morir?, ¿Será que llegue el día en que todos nos comuniquemos de nuevo con sonidos guturales? LOL, espero que no.

Yo misma (como se habrán dado cuenta), me encuentro ya inmersa en estos nuevos códigos y a veces me encuentro agregando emoticones felices, confusos o sacando la lengua, en mensajes dirigidos a clientes o a la profesora de mi hija y el único argumento que tengo para decir no sé si en mi defensa o simplemente para explicarlo, es que en efecto una idea puede expresarse de forma más inmediata y enriquecer (sí, con una carita), el sentido de lo que está escrito.



Concluiré diciendo que hay cosas, como las abreviaturas y los emoticones, que me parece que cumplen con esta última función y otras que rompen y me seguirán rompiendo los ojos y que espero que no consigan deformar el lenguaje para siempre, lo cierto es que la forma de comunicarse ha cambiado y descifrarlo es además de necesario, interesante y divertido.

Tal vez después de todo no se equivocaron tanto al pensar que Holmes hubiera optado por el uso de códigos en esta era, cuando descifrar y deducir, era lo que mejor hacía. Aunque estoy segura que jamás hubiera ido tan lejos como para escribir: “Lmental mi Krido Watson”.

domingo, 7 de octubre de 2012

¡Viva la muerte!

Hace unos días… una semana para ser exacta, acudí con mi familia al cementerio central, donde tuvimos la oportunidad de hacer un recorrido guiados por la museóloga Myriam Soria, quien antes de iniciar nos compartió que había sido algo complicado el proceso de conseguir que se aceptaran dichos recorridos, por una suerte de tabú relacionado con la muerte que existe en la sociedad.

Al saber que venimos de México, me dijo que probablemente para nosotros no era nada extraño puesto que nuestra relación cultural y social con la muerte es diferente, y tiene razón. Así que, sin ser noviembre todavía, se me ocurrió compartirles acá, algo acerca de esta relación que tenemos los aztecas con la muerte, que le parece tan… peculiar (por decir lo menos), a personas de otros países.

Por diversas creencias, tradiciones y desde luego la mezcla de ellos, la muerte tiene para los mexicanos un sentido más festivo que fúnebre, que no debe confundirse con la falta de respeto. Solo puedes morir si estás vivo, por tanto, la celebración de la muerte es también la celebración de la vida y no se les puede separar.

La tradición de festejar, recordar y hacer ofrendas a nuestros muertos, viene de ritos prehispánicos, tan arraigados en los distintos pueblos indígenas, que la evangelización que conquistó a México no pudo con ella, así que, como ocurre con otras costumbres en diferentes países, la iglesia le hizo “un huequito” a lo pagano, uniendo al mundo de los muertos y al de los vivos, en una sola celebración, el Día de Muertos, que se festeja cada 2 de noviembre, aunque la pachanga comienza desde el día 1º, día de todos los santos, en los que se recuerda especialmente a los niños ya fallecidos.

Si bien los principales elementos de la celebración son, como antes decía, prehispánicos y siguen estando vigentes además de considerarse infaltables, hay otros elementos resultantes de una mezcla que aún no me queda claro si vino a enriquecer o a dar al traste con la celebración, lo ha influido al grado de que en un mismo altar de muertos puede encontrarse una “jack-o-lantern” (la tradicional calabaza calada con una vela en su interior), el Xoloitzcuintle (perro de raza azteca casi extinta que tiene la labor de ayudar al difunto a cruzar al otro mundo), una imagen de la virgencita de Guadalupe y una foto de Marilyn Monroe.
Y es que el punto central de la celebración, es la creencia de que ese día no solo recordamos a los muertitos, sino que los recibimos en ese día que “les dan chancita” de visitarnos, y los agasajamos con sus platillos favoritos, la música que solían escuchar y por supuesto, su bebida favorita que como era de esperarse, suele ser tequila.

Esta celebración no tiene que hacerse necesariamente en el cementerio aunque es lo más común, e incluso, durante estas fechas, se montan ferias alrededor de ellos ofreciendo pan de muerto, flores de cempazuchitl, calaquitas de dulce, chocolate o barro a las que los niños ruegan a sus padres que les compren, pidiendo al habilidoso vendedor que escriba su nombre en la frente de la calavera y el resultado suele ser un garabato que parece decir: “Veatris” y cosas por el estilo, pero que igual les encanta.

La celebración del día de muertos puede pues, y suele llevarse a cabo, en escuelas, oficinas tiendas y por supuesto en las casas, preparando un altar de muertos que puede ser de dos, tres o siete niveles (siendo este último el más común), y que lleva en la parte más alta al pariente, amigo o personaje al que queremos hacer la ofrenda y a lo largo de sus escalones se colocan los diferentes elementos naturales: aire, agua, fuego y tierra, representados por diferentes objetos, por ejemplo:

Agua: …pues eso, agua… bueno, elegí un mal ejemplo.
Aire: papel
Tierra: puede ser tierra, semillas y/o flores
Fuego: velas encendidas

Y ese altar no es solo una forma de acomodar cosas para que se vean bonitas, sino que representa el viaje del alma desde la tierra hasta el cielo, pasando por el inframundo y otros bonitos lugares, aunque en la tradición prehispánica el destino final no era el cielo como lo conceptualizamos los católicos, sino alcanzar el descanso eterno junto a Mictlantecuhtli y su esposa Mictlantecuhtli, no en el cielo, sino en Mictlán.

Lo que me hizo recordar todo esto no fue únicamente la relación obvia entre visitar un cementerio uruguayo y uno mexicano, sino la simbología que coincide y la que se divide, de acuerdo a la percepción que cada cultura tiene de la muerte.

En el cementerio central hay verdaderas obras de arte y cada una es interesantísima, no solo por reunir a personajes de la talla de Brígido Silveira y Carabajal, sino por los “adornitos” que en realidad transmiten el sentir que hemos heredado respecto a la muerte durante siglos. La tragedia, el llanto, la resignación, representados en distintas formas, figuras y ornatos y con diferentes orígenes, desde los celtas hasta los masones.

Por supuesto no todo tiene ese tono, hay también representaciones… digamos… más optimistas, que significan esperanza, ascensión, mejora, paz, pero pocas, o ninguna, festiva (aunque hay un epitafio muy simpático que no les comparto para no echarles a perder su visita, si es que se animan).

No creo que se deban comparar ambas y decidir cuál es mejor o cuál peor, como tampoco quiere decir que a unos nos duela más que a otros perder un ser querido, son simplemente distintas maneras de encarar lo inevitable, como inevitable es que dichas formas y representaciones, todo lo que somos y sentimos alrededor de la muerte, sean consideradas parte de la riqueza cultural de un país, de una ciudad, en concreto, de una comunidad.

Creo que el tema da para más. Espero, si no me ha cargado la huesuda, poder hablarles nuevamente de este tema cuando se acerque el Día de Muertos, y mientras tanto… ¡A disfrutar! Porque de esta no salimos vivos…

Estoy en el rincón de una cantina…


Si bien esta es la parte de una canción de José Alfredo Jiménez en el que advierte a su amada que está a punto de emborracharse por su amor, (él no quería, pobrecillo) en realidad hoy quiero hablarles de una cantina diferente, a ver si me explico:

¿Le ha pasado, querido lector, que una tarea en apariencia simplísima de concretar, que además resulta tener cierta relevancia para obtener un importante beneficio personal, va quedando relegada una y otra vez, sin que haya una razón verdaderamente razonable para que así sea?

¿No es cierto que al iniciar sus labores cotidianas tiene clara desde el primer minuto la prioridad de cada uno de sus asuntos pendientes, y no queda duda de qué cosa es más importante que otra?

¿Se ha preguntado por qué justo cuando pensaba tomar el teléfono para hacer esa llamada, o acercarse a la computadora para escribir la famosa carta que necesita, o caminar hasta la oficina en la que debe iniciar un trámite, recuerda que la manija del segundo cajón de la alacena (que por cierto nunca usa) está algo floja y usted no parece tener empacho en dedicarle tres horas a dicho asunto postergando lo que se supone que era urgente?

Pues bien, ese sitio en el que nos refugiamos para no hacer lo que de sobra sabemos que TENEMOS que hacer, es una cantina. Los más modernos se refieren a esto (principalmente cuando se pierde el tiempo vagando por internet) como “procrastinar”, pero como a mí me cuesta trabajo la palabrita, suelo usar alguna mexicanísima expresión en su lugar, algo como “nomás se está haciendo pato”, y otras mucho más divertidas pero políticamente incorrectas para ser compartidas en este espacio.

Una vez aclarada la terminología, volvamos al tema de las cantinas, cada quien crea su propia cantina, para algunos es la televisión, para otros, como ya dijimos, el internet, y otros más, crean cantinas que no son del todo improductivas, lo cual puede dar la sensación de que se está haciendo algo bueno, aún cuando lo importante se deje de lado, hasta el momento en que es urgente, y luego nos pasamos la vida solucionando cosas urgentes, y así, entre urgencias y cantinas, la vida se va volando.

Sí, sí, ya suena que suena algo exagerado eso de “la vida se va volando”, ¡Pero es así! Con una impresionante facilidad se nos van los días, los meses y hasta los años, sin llevar a cabo cosas que aparentemente tenemos decididas desde hace tiempo.

Un cuento que me gusta mucho compartir en ciertas charlas sobre este tema, es el de un hombre que después de dos inviernos (léase dos años), se pone un abrigo que por diversas razones no había utilizado en ese periodo de tiempo, y al meter las manos en los bolsillos descubre el recibo de una zapatería a la que había llevado un par de zapatos para arreglar y cuya fecha de entrega estaba marcada para cuatro días después de haberlos dejado en reparación.

El hombre, además de darse cuenta de por qué no encontraba esos zapatos, decide ir a la zapatería a ver si todavía los tienen por ahí, solo para darse cuenta, para su sorpresa, que el zapatero todavía no los arregla, por supuesto el hombre increpa al profesional del calzado para preguntarle el por qué de la demora (superior a dos años, claro está), y el zapatero responde: “porque le di fecha para cuatro días y nunca vino”.
Para explicarlo mejor, como el hombre jamás pasó, pues él no se presionó para repararlos, no importa si él sabía o no que tenía que entregarlos, importaba que no hubiera nada que lo obligara a hacer, lo que tenía que hacer.

Pues bien, en muchas ocasiones somos como este zapatero, y postergamos todo tipo de cosas, desde comprar un nuevo par de medias, hasta escribir un testamento, pasando por todo tipo de trámites y acciones ya sea que tengan que ver o no con nuestro trabajo.

La primera instructora que me habló de “las cantinas”, explicaba que no había que considerarlas un vicio, ni nuestro mayor enemigo, porque las cantinas son hasta necesarias y tienen una función importantísima en el día a día, son un lugar estupendo a donde escapar, en el que abstraerse de la realidad, una zona de confort en la que todos, en algún momento del día, nos merecemos estar.

Por supuesto el problema viene cuando pasamos el día entero en esa cantina, en lugar de programar un espacio para ello y darnos permiso, conscientemente, de perder el tiempo un momentito, antes de hacer lo que sea que tengamos por hacer.

Es así que es válido empezar a ver una película tonta desde la mitad, y no despegarte de la pantalla hasta conocer el desenlace, acomodar todos los buzos en el armario de acuerdo a su color, textura y temporada, o ver un partido de fútbol entre dos equipos que ni sabías que existían, siempre y cuando seas capaz de retomar tus tareas, una vez que tu hora de recreo ha culminado.

Incluso, hay grandes organizaciones que no solo no reprochan a sus trabajadores que tengan cantinas, sino que además les recomiendan crearlas y se preocupan porque estos encuentren en su entorno, materiales y espacios que les permitan distraerse, jugar y literalmente, tomarse un momento para “hacer nada” durante sus horas hábiles.

Así pues, yo he decidido ejercer mi derecho a perder el tiempo un poquito cada día, pero como a todo derecho le corresponde un compromiso, este debe ser de forma inequívoca, no postergar lo importante para cuando sea urgente, y hacerlo inmediatamente después de salir de la cantina.

Y he decidido compartir con ustedes queridos lectores dicho compromiso, porque hace más de una semana que empecé a escribir  este texto, y recién ahora que están a punto de cerrar la edición, me puse a terminarlo.
No se puede seguir así, empezaré mi nueva rutina de cantina – actividad ¡Hoy mismo!… o tal vez mañana… es decir, un día estos… bueno, ya se verá.

lunes, 20 de agosto de 2012

Vieja obsoleta


Debo empezar por aclarar que el título no hace referencia a ninguna persona conocida, y hasta podría asegurar que tampoco por conocer, y no me refiero tampoco a una cosa, equipo o aparato, la vieja obsoleta soy yo… que ni tan vieja ni tan obsoleta, pero desde que tiré los dados y acepté el reto de empezar de nuevo, como ya otras veces he contado por aquí, esa sensación de ser una verdadera anciana que no tiene cabida en ningún espacio laboral, ha sido recurrente.

A ver si consigo explicarme. Hace algunos ayeres, por allá de 1999… el siglo pasado pues, yo trabajaba en el departamento de recursos humanos de una empresa trasnacional, en el área de reclutamiento y selección, para ser más exacta, y había varias posiciones importantes que debían cubrirse en un corto tiempo, porque la compañía, dedicada a la manufactura de piezas automotrices, estaba en plena expansión y se requería personal calificado, que además pudiera empezar de inmediato.

Después de algunas semanas de búsquedas infructuosas, me di cuenta que entre los candidatos descartados, se encontraban las solicitudes de varias personas mayores de 45 años, mismos que ni nos habíamos tomado la molestia de revisar porque “no cumplían con el perfil”, así que los analizamos, y la experiencia de todos y cada uno de ellos, honestamente era impresionante, así que decidimos iniciar el proceso de entrevistas, y las historias con las que nos encontrábamos, más o menos se parecían.

Eran profesionales que por uno u otro motivo, se habían “alejado” del mundo laboral, ya fuera para poner un negocio propio, por motivos familiares, o por aceptar un proyecto en la función pública, y que después, al encontrarse desempleados, de nuevo por diversos factores como el cierre de su negocio propio, o bien, su reciente mudanza a la ciudad, un recorte de personal o la terminación de un contrato, se encontraron con que eran “demasiado viejos” para ocupar cualquiera de los puestos que aparecían en los diarios o en las bolsas de trabajo, pero a pesar de ello, no perdían la esperanza y seguían enviando su currículum.

También nos sorprendió encontrar entre sus similitudes, el hecho de que se habían preocupado por actualizarse en sus áreas de trabajo, no solo poniéndose al día con los sistemas digitales, sino también con nuevas normas de calidad y procesos.

Pues bien, con algo de resistencia al inicio del proceso por parte de la Dirección General, finalmente estos profesionales de diversas áreas fueron contratados, recuerdo con mucho cariño cómo uno de ellos (el mayor, tendría unos 56 años, entonces), me llevó un ramo de flores el día de mi cumpleaños y me agradeció no haber desechado su solicitud. Cosa que me llamó la atención, primero porque habían pasado meses desde su contratación, y segundo porque en realidad no había sido ningún mérito puesto que fueron ellos los que me salvaron el pellejo a mí.

La preocupación principal del Director de la empresa, era el reto que representaría que los jefes directos de varios de ellos, fueran más jóvenes que sus subordinados, y las posibles “consecuencias negativas”, que podrían surgir de ello, pero a decir verdad, hasta el último día que yo estuve en esa empresa (que dicho sea de paso abandoné para venir a Uruguay por primera vez), todo transcurrió de la mejor manera, no pasaba de que los muchachos de mantenimiento le dijeran “el abuelo” al nuevo supervisor, quien se mataba de risa para después poner orden y continuar trabajando.

A partir de aquella contingencia, decidimos cambiar las publicaciones, y omitir los límites de edad para aumentar las posibilidades de encontrar al personal adecuado, aunque a decir verdad, en general eran los jóvenes los que se seguían quedando con las mejores posiciones, cosa que tampoco estaba mal, pero bueno, al menos un poco logramos incidir y hacer de la empresa un sitio con mayor diversidad de ideas.

Todo esto vino a mi mente, cuando una vez instalada en Minas, decidí explorar algunas de las posibilidades laborales, y me encontré con que el límite de edad, ahora ha bajado, y las empresas solicitan personal, con un máximo de 35 años, a veces 30, y yo, con mis 37, quedo fuera de casi toda oportunidad, aunque siguiendo el ejemplo de aquellos compañeros, obviando el tema de mi antiguo esqueleto, igual mandé las solicitudes, la mayoría ni siquiera acusó de recibo.

Obviamente y para fortuna de muchos, no se trata de la generalidad de los casos, pero sí es una tendencia que noto no solo en el Uruguay, también en México y en otros Países, y ahora se me ocurrió profundizar, porque esta semana, en el marco de una jornada para difundir la aplicación de la ley del acoso sexual (que ustedes dirán, y eso que tiene que ver?), mencionaban, entre lo que se considera discriminación, la discriminación por edad, misma de la que poco se habla y que es quizás una de las más arraigadas en el mundo laboral.

Por supuesto habrá puestos de trabajo en los que la edad pueda incidir directamente sobre la productividad el empleado, eso no está a discusión, pero pensar que una persona mayor de 35 años, en pleno uso de sus facultades mentales, con experiencia y capacitación, es demasiado vieja para acceder, ya no digamos al empleo, sino al proceso de selección, es decir que la edad te deja fuera de toda posibilidad, de conseguir siquiera una entrevista, ya no digamos de probar tus capacidades.

Quiero insistir en que afortunadamente esto no ocurre en todas las empresas, pero evidentemente, “gracias” a las que implementan estos perfiles, las probabilidades de conseguir un empleo, para una persona que se esté acercando a la cuarta década de su existencia, se reducen.

No me queda muy claro cómo debo cerrar este texto, si conminando a empresas y organizaciones a abrir sus criterios de selección para darle lugar a gente que puede hacer interesantes aportaciones, o haciendo llamado a todos los ancianos que como yo, tengan más de 35 años, para insistir y probar el valor de su experiencia, conocimientos y habilidades, haciendo caso omiso de los avisos que nos declaran obsoletos, quizás la invitación deba ser para ambos, a fin de cuentas se trata de un negocio beneficioso para todas las partes.

“Viejos los cerros y reverdecen!”, bueno… ya van a ser las 21:00, ahora a tomar la leche y a dormir, porque no aguanto las reumas.