lunes, 19 de noviembre de 2012

Elemental, mi querido Watson


Aunque no he leído todas las aventuras de Sherlock Holmes (que según tengo entendido son casi 60), conozco varias y me declaro admiradora no sólo del acertado detective sino de su creador Sir Arthur Conan Doyle, quien a finales del siglo XIX supo darle vida a un personaje que aún ahora, es el ejemplo a seguir para la creación de tooooodos los héroes de series policiales, desde cualquier versión que se piense de CSI, hasta exitosos dramas televisivos como el del Dr. House, quien durante un tiempo vivió con “Wilson” (que vendría a ser un “Watson”), en el apartamento 221-B, que corresponde a la misma numeración de aquel que el original Holmes compartía con Watson.


Este personaje ha sido traído a la vida una y otra vez por el cine y la televisión en innumerables ocasiones, y cuando en el 2010 una versión Hollywoodense lo puso de nuevo en boga (como si alguna vez hubiera dejado de estarlo), la BBC se dio a la tarea de crear una nueva miniserie (estupenda y altamente recomendable por cierto), que tuvo la osadía de traer a Holmes y a Watson al siglo XXI, la parte más interesante de esta adaptación, es la forma en la que los guionistas han decidido que Holmes interactúe con las tecnologías de la información presentes en nuestra era, y cómo en base al perfil diseñado por Conan Doyle, decidieron, por ejemplo, que Holmes está en pro del uso de los mensajes de texto (SMS) por celular.

Este año, un nuevo (y malo desde mi punto de vista, pero como dicen en mi rancho “ahi ca’quien”), intento por integrar a Sherlock Holmes en el siglo XXI, vino por parte de CBS, que lanzó la serie “Elementary” en la que un moderno Sherlock acompañado de UNA (sí, es mujer) Watson, se dedican a resolver crímenes y del que lo único que me llamó la atención, fue la coincidencia con la versión de BBC en decidir que Holmes usa, aprovecha, y hasta abusa de los SMS de celular a celular, pero, el Holmes de la CBS, además entiende, aplica y apoya el uso de abreviaturas modernas que pueden resultar incomprensibles para el resto de los mortales, aunque por supuesto para el resultan “elementales”.

Aquí es donde ya no sé qué pensar… me cuesta creer que el Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle aceptara, abrazara e incluso celebrara la deformación del lenguaje convertido a una suerte de código encriptado que es solo capaz de entenderse por las nuevas generaciones, un código en el que la sintaxis, la gramática, y hasta la fonética (de la ortografía ya ni hablamos), se pase por alto en aras de una comunicación más rápido… como que todo lo que tenemos que decir, fuera urgente de ser comunicado.

Entonces, las frases se convierten en siglas, las palabras en letras, las letras en emoticones (figuritas creadas con las letras para representar caritas felices :)  tristes :(  sacando la lengua :P  riendo a carcajadas xD  desconcertadas o_O indignadas u_u  asustadas D: y una cada vez más larga lista de etcéteras).


En mis nada lejanos años de juventud, las siglas TQM (Te Quiero Mucho), se hicieron populares rápidamente y a la fecha sigue siendo un código común y creo que entendido por chicos y grandes. Luego, con la famosa/bendita/maldita globalización, la web 2.0 y el consecuente auge de las redes sociales, las barreras idiomáticas han desaparecido y los más jóvenes hablan algo así como un “espanglish”, y entonces los códigos resultan ser abreviaturas de frases en inglés y no en español, por lo que dos amiguitas de 8 años se escriben mensajes diciendo “Tú eres mi BFF”, abreviatura de “Best Friend Forever”, y el “jajaja” que acostumbrábamos leer, se ha transformado por “LOL” (Laughing Out Loud) o incluso frase más largas “ROFL” (rolling on the floor laughing), y aquí me voy a detener porque si no, no nos va alcanzar el espacio, LOL.


Pero además de estas siglas (más que abreviaturas), una serie de anglicismos que tienen que ver con el mundo de la tecnología y el internet se han arraigado tan poderosamente en nuestro lenguaje, que la Real Academia de la lengua Española no ha tenido más remedio que aceptarlos, es así que googlear, feisbuquear, tuitear y chatear, entre otras, ahora son parte del idioma español o_O

Ahora bien, dentro de esta nueva subcultura de internautas que generan esta serie de códigos que luego pasan a la vida diaria y terminan siendo una forma reconocida y aceptada de comunicarse, lo que más rompe los ojos es la deformación del lenguaje, en la que parece que el alfabeto no tiene suficientes vocales y por eso hay que repetirlas, además de que es un arte/gracia/nosénicómollamarlequierollorar, escribir una palabra de cuatro letras, con faltas de ortografía intencionales y exceso de vocales,  por lo que es común en internet, en los mensajes de celular (y me temo que ya también en muchas escuelas), leer frases escritas de esta forma: “ooLAA liiiiNDDaaA, Kmo eZZtaaS?” (...creo que se me murieron dos neuronas nomás de escribirlo), me van a perdonar pero a esto último, todavía no logro encontrarle sentido.

Y por último, están las abreviaturas/letras/expresiones que se llevan la fonética entre las patas y que debo decir que son cada vez más comunes aún entre los adultos, y son las que encontramos cuando alguien para decir “que” escribe “k” …cuando se supone que “k”, suena “ka”…o yo estoy mal  …o muy vieja (no respondan). Y de la misma forma “x” que se puede leer “por”, al escribirse “xa” se convierte en “para” …de nuevo:  o_O

¿Habrá que adaptarse o morir?, ¿Será que llegue el día en que todos nos comuniquemos de nuevo con sonidos guturales? LOL, espero que no.

Yo misma (como se habrán dado cuenta), me encuentro ya inmersa en estos nuevos códigos y a veces me encuentro agregando emoticones felices, confusos o sacando la lengua, en mensajes dirigidos a clientes o a la profesora de mi hija y el único argumento que tengo para decir no sé si en mi defensa o simplemente para explicarlo, es que en efecto una idea puede expresarse de forma más inmediata y enriquecer (sí, con una carita), el sentido de lo que está escrito.



Concluiré diciendo que hay cosas, como las abreviaturas y los emoticones, que me parece que cumplen con esta última función y otras que rompen y me seguirán rompiendo los ojos y que espero que no consigan deformar el lenguaje para siempre, lo cierto es que la forma de comunicarse ha cambiado y descifrarlo es además de necesario, interesante y divertido.

Tal vez después de todo no se equivocaron tanto al pensar que Holmes hubiera optado por el uso de códigos en esta era, cuando descifrar y deducir, era lo que mejor hacía. Aunque estoy segura que jamás hubiera ido tan lejos como para escribir: “Lmental mi Krido Watson”.

domingo, 7 de octubre de 2012

¡Viva la muerte!

Hace unos días… una semana para ser exacta, acudí con mi familia al cementerio central, donde tuvimos la oportunidad de hacer un recorrido guiados por la museóloga Myriam Soria, quien antes de iniciar nos compartió que había sido algo complicado el proceso de conseguir que se aceptaran dichos recorridos, por una suerte de tabú relacionado con la muerte que existe en la sociedad.

Al saber que venimos de México, me dijo que probablemente para nosotros no era nada extraño puesto que nuestra relación cultural y social con la muerte es diferente, y tiene razón. Así que, sin ser noviembre todavía, se me ocurrió compartirles acá, algo acerca de esta relación que tenemos los aztecas con la muerte, que le parece tan… peculiar (por decir lo menos), a personas de otros países.

Por diversas creencias, tradiciones y desde luego la mezcla de ellos, la muerte tiene para los mexicanos un sentido más festivo que fúnebre, que no debe confundirse con la falta de respeto. Solo puedes morir si estás vivo, por tanto, la celebración de la muerte es también la celebración de la vida y no se les puede separar.

La tradición de festejar, recordar y hacer ofrendas a nuestros muertos, viene de ritos prehispánicos, tan arraigados en los distintos pueblos indígenas, que la evangelización que conquistó a México no pudo con ella, así que, como ocurre con otras costumbres en diferentes países, la iglesia le hizo “un huequito” a lo pagano, uniendo al mundo de los muertos y al de los vivos, en una sola celebración, el Día de Muertos, que se festeja cada 2 de noviembre, aunque la pachanga comienza desde el día 1º, día de todos los santos, en los que se recuerda especialmente a los niños ya fallecidos.

Si bien los principales elementos de la celebración son, como antes decía, prehispánicos y siguen estando vigentes además de considerarse infaltables, hay otros elementos resultantes de una mezcla que aún no me queda claro si vino a enriquecer o a dar al traste con la celebración, lo ha influido al grado de que en un mismo altar de muertos puede encontrarse una “jack-o-lantern” (la tradicional calabaza calada con una vela en su interior), el Xoloitzcuintle (perro de raza azteca casi extinta que tiene la labor de ayudar al difunto a cruzar al otro mundo), una imagen de la virgencita de Guadalupe y una foto de Marilyn Monroe.
Y es que el punto central de la celebración, es la creencia de que ese día no solo recordamos a los muertitos, sino que los recibimos en ese día que “les dan chancita” de visitarnos, y los agasajamos con sus platillos favoritos, la música que solían escuchar y por supuesto, su bebida favorita que como era de esperarse, suele ser tequila.

Esta celebración no tiene que hacerse necesariamente en el cementerio aunque es lo más común, e incluso, durante estas fechas, se montan ferias alrededor de ellos ofreciendo pan de muerto, flores de cempazuchitl, calaquitas de dulce, chocolate o barro a las que los niños ruegan a sus padres que les compren, pidiendo al habilidoso vendedor que escriba su nombre en la frente de la calavera y el resultado suele ser un garabato que parece decir: “Veatris” y cosas por el estilo, pero que igual les encanta.

La celebración del día de muertos puede pues, y suele llevarse a cabo, en escuelas, oficinas tiendas y por supuesto en las casas, preparando un altar de muertos que puede ser de dos, tres o siete niveles (siendo este último el más común), y que lleva en la parte más alta al pariente, amigo o personaje al que queremos hacer la ofrenda y a lo largo de sus escalones se colocan los diferentes elementos naturales: aire, agua, fuego y tierra, representados por diferentes objetos, por ejemplo:

Agua: …pues eso, agua… bueno, elegí un mal ejemplo.
Aire: papel
Tierra: puede ser tierra, semillas y/o flores
Fuego: velas encendidas

Y ese altar no es solo una forma de acomodar cosas para que se vean bonitas, sino que representa el viaje del alma desde la tierra hasta el cielo, pasando por el inframundo y otros bonitos lugares, aunque en la tradición prehispánica el destino final no era el cielo como lo conceptualizamos los católicos, sino alcanzar el descanso eterno junto a Mictlantecuhtli y su esposa Mictlantecuhtli, no en el cielo, sino en Mictlán.

Lo que me hizo recordar todo esto no fue únicamente la relación obvia entre visitar un cementerio uruguayo y uno mexicano, sino la simbología que coincide y la que se divide, de acuerdo a la percepción que cada cultura tiene de la muerte.

En el cementerio central hay verdaderas obras de arte y cada una es interesantísima, no solo por reunir a personajes de la talla de Brígido Silveira y Carabajal, sino por los “adornitos” que en realidad transmiten el sentir que hemos heredado respecto a la muerte durante siglos. La tragedia, el llanto, la resignación, representados en distintas formas, figuras y ornatos y con diferentes orígenes, desde los celtas hasta los masones.

Por supuesto no todo tiene ese tono, hay también representaciones… digamos… más optimistas, que significan esperanza, ascensión, mejora, paz, pero pocas, o ninguna, festiva (aunque hay un epitafio muy simpático que no les comparto para no echarles a perder su visita, si es que se animan).

No creo que se deban comparar ambas y decidir cuál es mejor o cuál peor, como tampoco quiere decir que a unos nos duela más que a otros perder un ser querido, son simplemente distintas maneras de encarar lo inevitable, como inevitable es que dichas formas y representaciones, todo lo que somos y sentimos alrededor de la muerte, sean consideradas parte de la riqueza cultural de un país, de una ciudad, en concreto, de una comunidad.

Creo que el tema da para más. Espero, si no me ha cargado la huesuda, poder hablarles nuevamente de este tema cuando se acerque el Día de Muertos, y mientras tanto… ¡A disfrutar! Porque de esta no salimos vivos…

Estoy en el rincón de una cantina…


Si bien esta es la parte de una canción de José Alfredo Jiménez en el que advierte a su amada que está a punto de emborracharse por su amor, (él no quería, pobrecillo) en realidad hoy quiero hablarles de una cantina diferente, a ver si me explico:

¿Le ha pasado, querido lector, que una tarea en apariencia simplísima de concretar, que además resulta tener cierta relevancia para obtener un importante beneficio personal, va quedando relegada una y otra vez, sin que haya una razón verdaderamente razonable para que así sea?

¿No es cierto que al iniciar sus labores cotidianas tiene clara desde el primer minuto la prioridad de cada uno de sus asuntos pendientes, y no queda duda de qué cosa es más importante que otra?

¿Se ha preguntado por qué justo cuando pensaba tomar el teléfono para hacer esa llamada, o acercarse a la computadora para escribir la famosa carta que necesita, o caminar hasta la oficina en la que debe iniciar un trámite, recuerda que la manija del segundo cajón de la alacena (que por cierto nunca usa) está algo floja y usted no parece tener empacho en dedicarle tres horas a dicho asunto postergando lo que se supone que era urgente?

Pues bien, ese sitio en el que nos refugiamos para no hacer lo que de sobra sabemos que TENEMOS que hacer, es una cantina. Los más modernos se refieren a esto (principalmente cuando se pierde el tiempo vagando por internet) como “procrastinar”, pero como a mí me cuesta trabajo la palabrita, suelo usar alguna mexicanísima expresión en su lugar, algo como “nomás se está haciendo pato”, y otras mucho más divertidas pero políticamente incorrectas para ser compartidas en este espacio.

Una vez aclarada la terminología, volvamos al tema de las cantinas, cada quien crea su propia cantina, para algunos es la televisión, para otros, como ya dijimos, el internet, y otros más, crean cantinas que no son del todo improductivas, lo cual puede dar la sensación de que se está haciendo algo bueno, aún cuando lo importante se deje de lado, hasta el momento en que es urgente, y luego nos pasamos la vida solucionando cosas urgentes, y así, entre urgencias y cantinas, la vida se va volando.

Sí, sí, ya suena que suena algo exagerado eso de “la vida se va volando”, ¡Pero es así! Con una impresionante facilidad se nos van los días, los meses y hasta los años, sin llevar a cabo cosas que aparentemente tenemos decididas desde hace tiempo.

Un cuento que me gusta mucho compartir en ciertas charlas sobre este tema, es el de un hombre que después de dos inviernos (léase dos años), se pone un abrigo que por diversas razones no había utilizado en ese periodo de tiempo, y al meter las manos en los bolsillos descubre el recibo de una zapatería a la que había llevado un par de zapatos para arreglar y cuya fecha de entrega estaba marcada para cuatro días después de haberlos dejado en reparación.

El hombre, además de darse cuenta de por qué no encontraba esos zapatos, decide ir a la zapatería a ver si todavía los tienen por ahí, solo para darse cuenta, para su sorpresa, que el zapatero todavía no los arregla, por supuesto el hombre increpa al profesional del calzado para preguntarle el por qué de la demora (superior a dos años, claro está), y el zapatero responde: “porque le di fecha para cuatro días y nunca vino”.
Para explicarlo mejor, como el hombre jamás pasó, pues él no se presionó para repararlos, no importa si él sabía o no que tenía que entregarlos, importaba que no hubiera nada que lo obligara a hacer, lo que tenía que hacer.

Pues bien, en muchas ocasiones somos como este zapatero, y postergamos todo tipo de cosas, desde comprar un nuevo par de medias, hasta escribir un testamento, pasando por todo tipo de trámites y acciones ya sea que tengan que ver o no con nuestro trabajo.

La primera instructora que me habló de “las cantinas”, explicaba que no había que considerarlas un vicio, ni nuestro mayor enemigo, porque las cantinas son hasta necesarias y tienen una función importantísima en el día a día, son un lugar estupendo a donde escapar, en el que abstraerse de la realidad, una zona de confort en la que todos, en algún momento del día, nos merecemos estar.

Por supuesto el problema viene cuando pasamos el día entero en esa cantina, en lugar de programar un espacio para ello y darnos permiso, conscientemente, de perder el tiempo un momentito, antes de hacer lo que sea que tengamos por hacer.

Es así que es válido empezar a ver una película tonta desde la mitad, y no despegarte de la pantalla hasta conocer el desenlace, acomodar todos los buzos en el armario de acuerdo a su color, textura y temporada, o ver un partido de fútbol entre dos equipos que ni sabías que existían, siempre y cuando seas capaz de retomar tus tareas, una vez que tu hora de recreo ha culminado.

Incluso, hay grandes organizaciones que no solo no reprochan a sus trabajadores que tengan cantinas, sino que además les recomiendan crearlas y se preocupan porque estos encuentren en su entorno, materiales y espacios que les permitan distraerse, jugar y literalmente, tomarse un momento para “hacer nada” durante sus horas hábiles.

Así pues, yo he decidido ejercer mi derecho a perder el tiempo un poquito cada día, pero como a todo derecho le corresponde un compromiso, este debe ser de forma inequívoca, no postergar lo importante para cuando sea urgente, y hacerlo inmediatamente después de salir de la cantina.

Y he decidido compartir con ustedes queridos lectores dicho compromiso, porque hace más de una semana que empecé a escribir  este texto, y recién ahora que están a punto de cerrar la edición, me puse a terminarlo.
No se puede seguir así, empezaré mi nueva rutina de cantina – actividad ¡Hoy mismo!… o tal vez mañana… es decir, un día estos… bueno, ya se verá.

lunes, 20 de agosto de 2012

Vieja obsoleta


Debo empezar por aclarar que el título no hace referencia a ninguna persona conocida, y hasta podría asegurar que tampoco por conocer, y no me refiero tampoco a una cosa, equipo o aparato, la vieja obsoleta soy yo… que ni tan vieja ni tan obsoleta, pero desde que tiré los dados y acepté el reto de empezar de nuevo, como ya otras veces he contado por aquí, esa sensación de ser una verdadera anciana que no tiene cabida en ningún espacio laboral, ha sido recurrente.

A ver si consigo explicarme. Hace algunos ayeres, por allá de 1999… el siglo pasado pues, yo trabajaba en el departamento de recursos humanos de una empresa trasnacional, en el área de reclutamiento y selección, para ser más exacta, y había varias posiciones importantes que debían cubrirse en un corto tiempo, porque la compañía, dedicada a la manufactura de piezas automotrices, estaba en plena expansión y se requería personal calificado, que además pudiera empezar de inmediato.

Después de algunas semanas de búsquedas infructuosas, me di cuenta que entre los candidatos descartados, se encontraban las solicitudes de varias personas mayores de 45 años, mismos que ni nos habíamos tomado la molestia de revisar porque “no cumplían con el perfil”, así que los analizamos, y la experiencia de todos y cada uno de ellos, honestamente era impresionante, así que decidimos iniciar el proceso de entrevistas, y las historias con las que nos encontrábamos, más o menos se parecían.

Eran profesionales que por uno u otro motivo, se habían “alejado” del mundo laboral, ya fuera para poner un negocio propio, por motivos familiares, o por aceptar un proyecto en la función pública, y que después, al encontrarse desempleados, de nuevo por diversos factores como el cierre de su negocio propio, o bien, su reciente mudanza a la ciudad, un recorte de personal o la terminación de un contrato, se encontraron con que eran “demasiado viejos” para ocupar cualquiera de los puestos que aparecían en los diarios o en las bolsas de trabajo, pero a pesar de ello, no perdían la esperanza y seguían enviando su currículum.

También nos sorprendió encontrar entre sus similitudes, el hecho de que se habían preocupado por actualizarse en sus áreas de trabajo, no solo poniéndose al día con los sistemas digitales, sino también con nuevas normas de calidad y procesos.

Pues bien, con algo de resistencia al inicio del proceso por parte de la Dirección General, finalmente estos profesionales de diversas áreas fueron contratados, recuerdo con mucho cariño cómo uno de ellos (el mayor, tendría unos 56 años, entonces), me llevó un ramo de flores el día de mi cumpleaños y me agradeció no haber desechado su solicitud. Cosa que me llamó la atención, primero porque habían pasado meses desde su contratación, y segundo porque en realidad no había sido ningún mérito puesto que fueron ellos los que me salvaron el pellejo a mí.

La preocupación principal del Director de la empresa, era el reto que representaría que los jefes directos de varios de ellos, fueran más jóvenes que sus subordinados, y las posibles “consecuencias negativas”, que podrían surgir de ello, pero a decir verdad, hasta el último día que yo estuve en esa empresa (que dicho sea de paso abandoné para venir a Uruguay por primera vez), todo transcurrió de la mejor manera, no pasaba de que los muchachos de mantenimiento le dijeran “el abuelo” al nuevo supervisor, quien se mataba de risa para después poner orden y continuar trabajando.

A partir de aquella contingencia, decidimos cambiar las publicaciones, y omitir los límites de edad para aumentar las posibilidades de encontrar al personal adecuado, aunque a decir verdad, en general eran los jóvenes los que se seguían quedando con las mejores posiciones, cosa que tampoco estaba mal, pero bueno, al menos un poco logramos incidir y hacer de la empresa un sitio con mayor diversidad de ideas.

Todo esto vino a mi mente, cuando una vez instalada en Minas, decidí explorar algunas de las posibilidades laborales, y me encontré con que el límite de edad, ahora ha bajado, y las empresas solicitan personal, con un máximo de 35 años, a veces 30, y yo, con mis 37, quedo fuera de casi toda oportunidad, aunque siguiendo el ejemplo de aquellos compañeros, obviando el tema de mi antiguo esqueleto, igual mandé las solicitudes, la mayoría ni siquiera acusó de recibo.

Obviamente y para fortuna de muchos, no se trata de la generalidad de los casos, pero sí es una tendencia que noto no solo en el Uruguay, también en México y en otros Países, y ahora se me ocurrió profundizar, porque esta semana, en el marco de una jornada para difundir la aplicación de la ley del acoso sexual (que ustedes dirán, y eso que tiene que ver?), mencionaban, entre lo que se considera discriminación, la discriminación por edad, misma de la que poco se habla y que es quizás una de las más arraigadas en el mundo laboral.

Por supuesto habrá puestos de trabajo en los que la edad pueda incidir directamente sobre la productividad el empleado, eso no está a discusión, pero pensar que una persona mayor de 35 años, en pleno uso de sus facultades mentales, con experiencia y capacitación, es demasiado vieja para acceder, ya no digamos al empleo, sino al proceso de selección, es decir que la edad te deja fuera de toda posibilidad, de conseguir siquiera una entrevista, ya no digamos de probar tus capacidades.

Quiero insistir en que afortunadamente esto no ocurre en todas las empresas, pero evidentemente, “gracias” a las que implementan estos perfiles, las probabilidades de conseguir un empleo, para una persona que se esté acercando a la cuarta década de su existencia, se reducen.

No me queda muy claro cómo debo cerrar este texto, si conminando a empresas y organizaciones a abrir sus criterios de selección para darle lugar a gente que puede hacer interesantes aportaciones, o haciendo llamado a todos los ancianos que como yo, tengan más de 35 años, para insistir y probar el valor de su experiencia, conocimientos y habilidades, haciendo caso omiso de los avisos que nos declaran obsoletos, quizás la invitación deba ser para ambos, a fin de cuentas se trata de un negocio beneficioso para todas las partes.

“Viejos los cerros y reverdecen!”, bueno… ya van a ser las 21:00, ahora a tomar la leche y a dormir, porque no aguanto las reumas.

lunes, 30 de julio de 2012

Surfer Godínez


Mañana cumpliré 29 años, tal como lo he venido haciendo desde 7… bueno, a decir verdad, no me molesta la idea de acercarme a los 40, con frecuencia entre amigas bromeamos con aquello de: “me dijeron que al cumplir los 40 tendría todo resuelto, no que lo tendría todo re-suelto”, y no es que las canas, las arrugas y otros síntomas inequívocos de que la juventud se está despidiendo (miren que no ha terminado) para nunca más volver, estén recién por asomarse, sino que al menos en mi caso, son más frecuentes los momentos de reflexión y recapitulación, no como una forma de atarse al pasado, sino como una manera de regocijarse de las cosas que me han tocado vivir, y ver si aprendí o no de las que no fueron gran motivo de regocijo. Arrepentirse, en cualquier caso, está fuera de toda consideración.


Tengo un amigo en México bueno, tengo varios, pero este en particular se encuentra desde hace algún tiempo en la encrucijada de elegir entre ser un “surfer vagabundo”, como él mismo se autodenomina, o un “Godinez”, que es la forma cómico/despectiva en que suelen referirse a personas que trabajan en oficinas, particularmente en oficinas de instituciones públicas. Se usa a tono de broma e incluso algunas personas que trabajan en otro tipo de empresas, se llaman a sí mismos o a algunas actividades, “Godinez”.
El caso es que en muchas de estas conversaciones, yo, metiéndome en donde no debo, le he comentado que quizás no tenga que elegir necesariamente entre una y otra, que también en las ciudades con playa hay instituciones de gobierno, pero él dice que para adoptar la vida de “surfer vagabundo” que desea, otras cosas de su entorno también deberían cambiar, como su trabajo, horarios y otras cosas de las que seguramente él sabe más que yo.
Lo importante acá, es que siempre llegamos a la misma conclusión (entonces para qué siguen hablando, dirán ustedes), y esa conclusión es que nuestra historia como seres humanos está construida en base a elecciones, que algunas veces tienen buen resultado, otras no, pero necesariamente, sin importar nuestro momento o circunstancia, tenemos que elegir, y con frecuencia, por no decir siempre, la elección de una cosa es la renuncia de algo más, y generalmente (de nuevo, por no decir siempre) esa renuncia cuesta, incluso puede ser que duela, y pasa a formar parte de una larga lista que nosotros llamamos, la lista de “What ifs”, o dicho de otra forma, la lista de los “Que talsis”, que ya en otra ocasión había mencionado por aquí.
Sé que vivir en el pasado no es nada recomendable, pero muchas veces nuestros momentos de reflexión, y seguramente todos los de retrospección, nos llevan a tratar de imaginar, cuál sería nuestro actual escenario de haber tomado determinadas elecciones en lugar de las que efectivamente llevamos a cabo.
Este ejercicio de ver hacia atrás, aunque como dicen en mi pueblo: “pa’ atrás ni pa’ agarrar vuelo”, puede provocarnos varios sentimientos, como la frustración de no haber tenido la disciplina para ser una atleta destacada o bailarina (aunque para esto además me faltaba como medio metro de piernas), la derrota de reconocer en qué momentos las decisiones que tomamos sin duda fueron las equivocadas, la alegría de saber distinguir nuestros aciertos, y la maravilla de saber que podemos convertirnos en mejores personas si es que algo aprendimos en el camino.
Hoy, en el umbral de mi cumpleaños número 37, concluyo que hay que cientos de cosas que no he conseguido, pero todos los días encuentro ejemplos de que esto no se acaba hasta que se acaba, y que mientras la vida siga, la capacidad de elección también, y por otro lado, encuentro en mi escenario actual los resultados de elecciones que han dado excelentes frutos.
Me gusta estar en donde estoy, aquí y ahora, consciente más que nunca de lo difícil que es empezar desde ceros a una edad en la que alguna certeza debería tener, estoy aquí y ahora con la gente que no solo me es importante, sino indispensable, y de que ser trascendente en sus vidas, es quizás el más alto logro conseguido, y es al mismo tiempo, uno que nunca me planteé.
Vivo en constante agradecimiento hacia quienes desde México siguen estando a mi lado, hombro con hombro, a quienes aquí me han recibido abriéndome su corazón de par en par y se han mostrado sinceramente interesados en que mi integración y la de mi hija, sea más sencilla, e incluso hacia quienes sin conocerme han sabido ser solidarios con sentimientos y acciones.
Estoy tan contenta como asustada con las posibilidades que representan los años por venir (sean los que sean), orgullosa de saber quién soy hoy y con quien puedo contar, y aún en el ejercicio constante de entender y aceptar lo que no soy, y lo que aún estoy a tiempo de ser… bailarina, ya dijimos que no.
Tal vez seguiré discutiendo con mi amigo surfer, acerca de si debe atreverse a dejarlo todo y mudarse junto al mar, o quedarse en donde está y seguir haciendo carrera como funcionario público, y esta vez tendré cuidado de advertirle con total sinceridad y conocimiento de causa, que empezar de nuevo no será nada fácil, aunque siempre que esté convencido de lo que quiere, cualquiera que sea su elección, va a ser la buena, aún cuando resultara ser la equivocada. Porque es preferible aprender del error, que vivir abrazado a una duda.
Al fin y al cabo, citando a Nietzche: “Quien tiene un por qué, es capaz de soportar cualquier cómo”.

No salimos tan mal


Soy abiertamente culpable de amar la tecnología, desde mis primeros contactos con ella, cuando aprendí a operar una grabadora de dos casetes, o a arreglar la videocasetera de casa que dos por tres se quedaba en el atarante o le daba por enrollar la cinta, hasta la actualidad del internet, las redes sociales y los teléfonos inteligentes, pasando por mi descubrimiento personal del correo electrónico y sus ventajas.

Formo parte de la generación que presenció cómo el mundo de la tecnología mudaba de lo analógico a lo digital y celebro cada una de sus novedades, como niña con juguete nuevo… aunque no todo es miel sobre hojuelas. En ese mismo cambio tecnológico, hemos cambiado como sociedad, y no termina de quedar claro si ha sido la tecnología la que va avanzando a la par de la sociedad, o finalmente como en las peores visiones futuristas, la sociedad no ha tenido más remedio que cambiar para adaptarse al frenético crecimiento de la tecnología.

Esta semana, después de muchas súplicas, por fin mi Mamá, de 62 años, se decidió a tomar clases de computación. Como Dios le ha dado a entender, se ha mantenido en contacto conmigo y con su nieta a través de facebook y de skype, pero no tardó en advertir que había mucho más de provecho que podía obtener del uso de la computadora y el internet; desde el hecho de poder comunicarse con sus proveedores y clientes que han desterrado ya casi por completo el uso del fax y ahora todo lo envían por correo electrónico, hasta la posibilidad de llevar un registro contable que ella, desde siempre, ha llevado de su puño y letra.
Sobra decir que me siento muy orgullosa de ella, como lo estoy por ejemplo de mi Suegra, mi Tía y muchos hombres y mujeres que han enfrentado el temor (porque es natural sentirlo) a lo nuevo, a lo diferente, a lo desconocido y ahora incursionan exitosamente en el mundo digital. Mi Padre por otro lado y como muchos otros, es más del tipo autodidacta, así fue como aprendió a tocar la guitarra y el piano, y a hablar inglés, así que avanza cuanto puede, cada vez que puede, y lo hace bien.
Por otro lado, está la generación de mi hija, que parece haber nacido con un instructivo integrado para cuanto artefacto tecnológico cae en sus pequeñas manitas, tiene casi 9 años, todavía no consigue recitarme completa la tabla del 8, pero que no le aparezca un juego nuevo en la computadora, porque domina en segundos hasta sus más intrincados acertijos, y así lo hacen niños todavía más pequeños que ella y de los más grandecitos, ya ni hablamos.
Para dejar todavía más clara la enorme brecha tecnológica que nos separa entre generaciones, baste decir que unos meses antes de venir a México, cuando separábamos las cosas que se quedarían y las que traeríamos, brotaban y brotaban cajas con mis recuerdos de otros tiempos: música, dibujos, cuadernos, cartas, y de pronto… de entre aquel revoltijo, mi hija vino corriendo hacia mí con un reproductor de casetes, uno de esos famosos “walkman” que estaban de moda cuando yo estudiaba la preparatoria, y me dijo: “qué es esto?” …no supe si reír o llorar, sobre todo cuando en la explicación de su funcionamiento, me sorrajó otra pregunta acerca del mesozoico: “y qué es un casete?”
Y bueno… hubo también algo de nostalgia, me hubiera gustado que ella escuchara música en un casete, y aprendiera a regresarlo con un lápiz como hacíamos nosotros, o pasara horas junto a la radio esperando la canción que le gusta para grabarla en lugar de simplemente entrar a internet y descargarla.
Tal vez llega un punto en el que cada uno piensa que sus épocas fueron mejores, hay quien dice que “tiempos pasados siempre fueron mejores” y quienes aseguran que “tiempos pasados siempre son anteriores”, como diciendo que hay que dejar ir el pasado, abrazar el presente y tirarse de cabeza al futuro, esperando que todo salga bien.
Pero yo, amando como amo el mundo tecnológico, y creyendo como creo, que hay que vivir el presente porque es lo único real que experimentamos, pienso también que hay mucha cosa que no hacía falta en este mundo.
Creo, porque además lo he vivido, que el exceso de conexiones tecnológicas se vuelve inversamente proporcional a las conexiones humanas, que como seres humanos, aprendemos más de las relaciones diarias con otras personas, que de todo lo que podamos leer en wikipedia.
Mitchell Kapor, fundador de Lotus 1-2-3, dice que ”Pretender obtener conocimiento de Internet, es como intentar beber agua de una toma de agua para incendios”. La cantidad de información y sus posibilidades de interconexión, rebasan a cualquier ser humano, lo absorben, y si no se tiene cuidado, lo atrapan.
Tengo facebook y twitter, y me encanta, como me gusta que mi hija tenga cierta destreza para moverse en el mundo digital y me interesan y asombran las grandes cosas que pueden lograrse a través de este, pero en alguna ocasión caí en la trampa de creer que ese mundo digital puede reemplazar al verdadero, y ahora tengo mucho cuidado para que algo así no vuelva a ocurrir.
Internet es un espacio amplísimo y plural, tanto, que da cabida también a lo más oscuro del ser humano, y acceder a ello es tan fácil, como hacerlo a lo bueno.
Supongo que lo que quiero decir, es que tan maravilloso es exprimirle a internet y a todo tipo de tecnología lo bueno que tiene para ofrecer, como grandioso es caminar por la calle, tomar un café, platicar con el vecino, pasear al perro, jugar a la pelota o llevar un diario escrito a mano.
Ojalá no lleguemos, como en otros países, al punto que sea necesaria una campaña de concientización para entender que es necesario desconectarse para recuperar al menos un poco de individualidad… y de humanidad.
Yo, pertenezco a la generación en la que jugábamos en la calle por horas, por HOOOORAAAAS les digo, que usábamos ábaco y teníamos que ir a la biblioteca cuando la tarea de la escuela requería investigación, que para comer helado nos lo teníamos que ganar con nuestras acciones, que si me regañaban en la escuela, la que tenía que rendir cuentas era yo, y no la maestra.

Soy de una generación que tenía que memorizar los teléfonos de sus amigos y que para hablar con ellos, se tenía que tomar la molestia de marcar y a cambio obtenía el privilegio de escuchar su voz… hasta que la madre de alguno dijera que ya era de colgar.
Soy de una generación en la que las fotos eran para compartirse con los seres queridos y atesorarse en una cajita que de cuando en cuando se revisaba en familia, una generación en la que nosotros éramos el control remoto y cuando tu Padre gritaba desde la otra pieza que vinieras a cambiar de canal, lo hacías sin chistar (y que ahora lo recuerda con nostalgia).
Pertenezco a la generación en la que nosotros creábamos los personajes de nuestros juegos y decidíamos lo que eran capaces o no de hacer, y no al revés.
Sin embargo, tengo fe, mucha fe en esta generación que crece a la par de la tecnología, y creo, que para ayudar a que sean mejores, su realidad debe estar dotada de más… pues justamente de eso, de más realidad.
Celebro los esfuerzos de muchos padres de familia que se empeñan en fomentar y valorar las conversaciones, los libros, los paseos, la música… los asaditos… y todo aquello que mantiene unida a una familia, y por tanto a una sociedad, que a su vez, nos vuelve más humanos.
Soy de una generación sin internet, sin wii, ni playstation, twitter o facebook… y no salimos tan mal... o sí?

jueves, 24 de mayo de 2012

Primaveras perdidas


Habiendo vivido siempre del otro lado del continente, Uruguay es sorprendente para mí, no solo por su riqueza natural y cultural que admiro y de la que siempre hablo, sino porque para mí es una especie de mundo al revés, la primavera es otoño y el verano es invierno, por tanto la Navidad es calurosa y el cumpleaños de mi hija, nacida en el solsticio de verano, el día más largo del año, se transformará en el día más corto del año, el solsticio de invierno.

Hace diez años ya que visité Uruguay por primera vez, entonces, como ahora, no solo viajé de un país a otro, sino de una estación a otra, del invierno al verano, es decir que esta es la segunda vez que me pierdo una primavera.


En México, cuando alguien cumple años, se suele decir: “Cumplo tantas primaveras”, (aunque el cumpleaños sea en pleno invierno), y es común que en las fiestas de XV años, el discurso del padrino inicie diciendo algo así como: “Hoy que cumples tus XV primaveras”, o bien, “Hoy que han pasado XV abriles” (pos más que la chiquilla haya cumplido años en marzo).

Pues bien, con base en este razonamiento, cuando comentaba a mis amigas que me mudaría de país, me cuidé de destacar como una ventaja, la desaparición de una segunda primavera en mi vida, por lo que este año en lugar de cumplir treintaysiete, lo lógico es que cumpla treintaycinco… creo que no me lo harán válido, pero igual tenía que intentarlo.


Al iniciar el viaje, confieso que no tenía muy claro si venía a Uruguay como excusa para conocer a Guillermo, o sí venía a ver a Guillermo como excusa para conocer Uruguay, pero la incógnita se esfumó rápidamente… durante estos diez años, hemos vivido un poco de todo… mudanza, matrimonio, paternidad, momentos de crisis, en fin, cientos de cosas que quizás les pasen a todas las parejas, con la diferencia de que estas, nos pasaron a nosotros.

Cada pareja lidia de forma muy particular y respetable (a veces no tanto) con las situaciones buenas y malas que se les presentan, algunas deciden “cortar por lo sano” y lo consiguen, otras entran en una especie de competencia para demostrar quién está mejor sin el otro, y otras, como nosotros, salen avante… me voy a permitir el dejo de soberbia que encierra este párrafo, porque no ha sido fácil, y debemos estar orgullosos de todo aquello que se consigue, cuando a decir verdad, parecía demasiado complicado.

Algunas veces miro hacia atrás y recuerdo cuando resolví (según yo), que no me casaría y no tendría hijos, primero porque pensaba que esto no es necesariamente el eje de la vida de todas las mujeres (bueno, eso lo sigo pensando), y segundo, porque había un montón de cosas que sentía que me faltaba alcanzar, y desde esa perspectiva, una familia simplemente no tenía cabida.

Recuerdo una noche en la que cenando con mi Mamá, cuando yo era la única soltera que quedaba en la familia, me miró seria y me dijo: “Nunca te vas a casar, verdad?” – “No sé”, le dije, “creo que no.” – “No importa” me dijo ella, y seguimos cenando.

Pero luego, ya ven? Conocí a Guillermo y de pronto el panorama era no sólo agradable sino… cómo decirlo? Claro, definido… no había mucho que pensar y la verdad es que ninguno de los dos lo hicimos, a los tres meses de conocernos nos casamos y cuatro meses después, supimos que seríamos padres y todo fue dándose de forma tan serena que casi parecía irreal.
Pero no somos perfectos, porque nadie lo es, y con los años vinieron las tempestades, la duda y la desazón, pero que aquello que estuvo a punto de disolver una de las más grandes decisiones de nuestra vida, terminó por hacernos valorarla más que antes.

Yo, particularmente, comprendí que la vida que iniciamos juntos, no podía ser interrumpida, ni cambiar de curso… Que mi historia jamás estaría completa si él no era junto a mí, junto a nosotras, el protagonista.

Hace un año, viajamos de la primavera al otoño y en ese viaje tomamos una de las decisiones más importantes de nuestras vidas: soltar amarras y mudarnos de país, esto significaba un retorno para mi esposo, algo desconocido para mi hija, un reto para mí y un nuevo comienzo para todos.

El tiempo transcurrió rápidamente y cuando nos dimos cuenta, ya estábamos aterrizando en pleno verano uruguayo, de botas, campera y gorro, y así comenzó la mejor etapa para nosotros. Un tiempo, que sin planearlo demasiado, pudimos dedicar a no hacer otra cosa más que querernos, cuidarnos, conocernos y reconocernos.

Un tiempo que nos ayudó a confirmar lo que quizás ya sabíamos pero no habíamos tenido tiempo de hacer consciente: Que una familia se forma a base de crisis superadas, brazos abiertos y palabras claras, de decisiones y riesgos que se corren juntos para luego compartir la alegría del éxito o superar juntos el fracaso.

Aprendimos que una familia se crea, se reinventa y se transforma, cada día, todos los días.
Que un hogar está hecho con besos de despedida, abrazos a tiempo y charlas de sobremesa.
Que los momentos que perduran no siempre son los que se rodean de ceremonia, pompa y circunstancia, sino de curitas en las heridas, paseos de la mano y risas cotidianas.

Ahora, claro está, hemos tenido que formar nuevas rutinas (aún estamos en eso), y otra vez cada uno, como siempre, encuentra la libertad en el propio hogar y un tiempo y espacio propios e individuales, para luego disfrutar las coincidencias y decirnos: “te extrañé”.

Hoy, a diez años de nuestro matrimonio, puedo decir sin lugar a dudas, que el mejor momento de mi día, es cuando él atraviesa la puerta y estamos juntos otra vez… ahora tres.

Dudo mucho que me “bonifiquen” esos dos años por los cambios de estación, y esta vez no veré florecer las jacarandas en abril, pero ya no importa, este invierno convertido en verano, bien valía perder una primavera.