jueves, 4 de marzo de 2010

Carpe diem




Por allá en 1989 se estrenó “La sociedad de los poetas muertos” una película inspiradora como pocas, como ninguna en su contexto, me atrevería a decir, al menos para mí.

Sé que no exagero al decir que marcó a toda una generación que de jóvenes que nos identificábamos con el sentir de los personajes que luchaban a costa de lo que fuera con tal de alcanzar sus sueños y descubrir que no siempre era así, que a veces el destino, las circunstancias, la propia familia, nos llevan por caminos que no eran los que deseábamos seguir y por otro lado, muestra también como aquellos que se atreven a ser diferentes, a enseñarte a pensar a guiarte a encontrar no el camino correcto, sino tu camino, cualquiera que sea, no siempre son vistos con buenos ojos.
Hay una frase de la película, que aún ahora veo que mis contemporáneos utilizan para generar impulso y decir que cada momento debe ser aprovechado, seguramente algunos ya la conocían antes de la película, algunos después, pero yo debo decir, que como muchos otros, la escuché por primera vez allí, la frase es: “Carpe Diem” del poeta romano, Horacio, que literalmente significa “aprovecha el día” claro que va más allá de eso, habla de aprovechar el día, el momento, el instante, las circunstancias, de arrancarle lo mejor que tienen por ofrecer y hacer lo mismo al siguiente día, al siguiente instante.

Hace una semana mi hija salió vestida de duende (una entre 40) en una obra de teatro que si bien era escolar, se hizo en el recinto más importante de la ciudad, al final, cuando el público aplaudía emocionado y algunos chiquitos desde el escenario buscaban llorando a sus Papás para que los bajaran de ahí de una buena vez. Ella observaba todo, era hermoso observarla observando, al techo, al público, a los músicos, las luces, el telón y yo imaginaba, como debía de ser de grande aquel escenario para una niña de 6 años y cuántos de los espectadores, habían dejado pasar más de una vez la oportunidad de ver el teatro desde esa perspectiva.

Vale la pena hacer un alto y reflexionar si nuestra vida está llena de días aprovechados o de “que tal sis” …que tal si hubiera hecho ese viaje? …que tal si me hubiera inscrito en ese curso? …que tal si hubiera participado en tal convocatoria? …que tal si me hubiera atrevido? Y de nuevo, me atrevo a asegurar que llegaremos a la misma conclusión, ese “detente” o ese “adelante”, no es más que una decisión particular, individual.

A qué le tenemos miedo? Que cosa verdaderamente espantosa nos puede ocurrir al asumir el riesgo de hacer algo diferente? Nuestros temores realmente justifican el que renunciemos a vivir determinadas experiencias, mira hacia atrás, anda, echa un vistazo y notarás, que tu vida está hecha de instantes en los que te atreviste, de los momentos en que hiciste a un lado tus miedos y decidiste aprovechar el instante.
Incluso los fracasos que te llevaron a crecer, tuvieron su base en una decisión, en una acción, en el momento en que una oportunidad se presentó ante tus ojos y una voz en tu interior dijo: adelante.

Y así, verás tu historia construida a base de experiencias vividas, de satisfacciones, de derrotas que te hicieron levantarte, de victorias que marcaron tu destino, de instantes en los que dijiste, sí.

Hoy, una amiga muy querida a la que tuve que hacerle manita de puerco virtual para que aceptara entrar a un concurso de relatos llamado #twitterasdesesperadas recibió una felicitación de parte de una persona a la que admira profundamente y me dijo: ya no es importante si gano o no, esto ya valió la pena para mí.

Y me hizo pensar en el valor de la experiencia, en que mi hija por ejemplo, entre los 40 duendes, lejos de ser una de las estelares y participando con un diálogo de cuatro palabras a coro: “sigue el camino amarillo” finalmente estuvo ahí, frente al público, y disfrutó de la emoción de recibir los aplausos cuando la iluminaban luces de colores, cañones de confeti explotaban a su alrededor y el telón se cerraba frente a sus ojos mientras yo repetía desde mi asiento “carpe diem niña mía, carpe diem.”

jueves, 25 de febrero de 2010

Asiento central de la séptima fila




Soy una maniática del cine, la mayoría diría que lo correcto es decir cinéfila pero en mi caso creo que maniática es más apropiado, cuando voy al cine siempre cuento las filas para sentarme en la séptima, aunque quizás los cines de ahora no tengan ya mucho que ver con el origen de esta costumbre, en Francia por allá de 1638, se le llamó a este lugar privilegiado “L'œil du prince” o lo que es lo mismo “El ojo del príncipe” el centro de la séptima fila marcaba el mejor lugar en el teatro para ver una función porque la distancia del escenario hasta ese punto era proporcional al ancho del escenario, lo que permitía apreciar perfectamente todo lo que en él ocurría, así que por mero amor a la tradición, siempre llego temprano para ocupar dicho lugar.

Supongo que amo ir al cine porque tengo un sin fin de emociones de diferentes etapas de mi vida, relacionadas con el séptimo arte, cuando era niña, ya no vivíamos en el DF pero íbamos con cierta regularidad, una vez nuestra visita coincidió con el super estreno de “Katy la oruga” yo estaba muy emocionada porque iba a verla antes que nadie en Aguascalientes, donde tardaría semanas en llegar, así que mi Papá nos dejó a mi Mamá y a mí en el cine y nos dijo que regresaba en dos horas, cuando llegamos a la taquilla, los boletos se habían agotado, en aquel entonces no había teléfonos celulares, así que era imposible pedirle a mi Papá que regresara y nos quedamos sentadas afuera, vi a todos los niños entrar y salir contentos de la película y a la fila de la siguiente función, a la que por cuestiones de tiempo no alcanzábamos a entrar, formarse frente a nosotros que nos fuimos de ahí sin ver la película, que tristeza! Fue para mí un gran drama y sin duda una de mis primeras lecciones de resistencia a la frustración, siempre he creído que las cosas que recordamos de una manera tan vívida, son las que forman nuestro carácter.

Más grande… a decir verdad no recuerdo ni la edad, ni la película, sólo recuerdo que era en tercera dimensión y que algo tenían que ver unos indios, fui a ver mi primera película en tercera dimensión, los lentes eran cuadrados y grandotes, de papel, tenían un lado azul y uno rojo, como de celofán, insisto, no sé qué película era, sólo recuerdo a mi Papá tratando de esquivar las flechas.

Cuando estaba en la prepa ir al cine era tan emocionante, en esa época es cuando menos importa lo que vas a ver, lo importante es con quien vas, descubres la emoción de que te tomen de la mano, de que apliquen la típica estrategia de estirar los brazos para luego posar la mano ligeramente sobre tu hombro, la electricidad que genera un choque de manos dentro de una bolsa de palomitas y los pon pons derretidos en la bolsita que sostenías entre su mano y la tuya.

Luego, viene una etapa más madura, no vas al cine por ir, empiezas a reconocer actores, directores, se define tu gusto por ciertos géneros y la experiencia cobra otro nivel, yo reconozco a un verdadero amante del cine porque se queda sentado cuando ya todos se fueron, leyendo los créditos finales.

He crecido viendo cine y amándolo, recuerdo una época en la que mientras estaba formada me tapaba los oídos para no escuchar las críticas y comentarios de los que iban saliendo y muchos aplaudían cuando la película terminaba, recuerdo las butacas de antes y los muritos que separaban las diferentes secciones del cine, recuerdo a mi Papá cargándome para tocar la pantalla cuando se acababa la función.

Hoy procuro ir todo lo que puedo y empiezo a creer que este amor por el cine es genético, cuando mi hija tenía menos de dos años la llevé al cine a ver una película de Winnie Pooh y como yo acostumbro hacerlo, nos quedamos hasta el final, ella vió completita la película, no se durmió ni se inquietó y cuando encendieron las luces y la pantalla perdía su brillo, con la manita se despedía de Pooh y sus amigos mientras soltaba una lagrimita.

Por supuesto que están los dvd’s y ahora el blue ray y sabrá Dios que venga después, y está el internet y la facilidad de ver y bajar películas de un sin fin de lugares y aunque es cómodo y por supuesto también disfruto acurrucarme en un sillón y ver una película de principio a fin una y otra vez y cuántas veces me plazca, no cambio por nada la experiencia de ir al cine.

Amo el olor a palomitas que generalmente se me acaban antes de que empiece la película, incluso los personajes que ahí convergen desde los grupos de adolescentes que hacen bromas en los momentos dramáticos de la película o empiezan a poner apodos ahí mismo usando los nombre de los personajes y dicen en voz alta cosas como “ira wey! Es igualito al profe de física” y luego todos sueltan la carcajada, hasta el altote que justo se sienta atrás de mí y me acomoda tres patines durante la función, pasando por los niños que hacen siempre las mismas preguntas: “que es eso?” “que está haciendo?” “qué dijo?” y por otra parte los ancianos que, no, esperen, los ancianos preguntan lo mismo.

Hasta el peor de todos, al que yo llamo “el narrador” y que por alguna extraña razón piensa que su acompañante es ciego o sordo y detalla todo lo que va pasando en la pantalla, durante toda la película, según él en voz baja pero lo escuchas perfectamente “mira mira, va a entrar, híjole, pero adentro está el malo, mira! Que te dije, se van a pelear! Chin! Le dio muy duro” en fin...

El caso es que siempre encuentro estimulante la idea de ir al cine, como cuando era niña y pregunté “qué dijo?” o cuando era adolescente y empecé una guerra de palomitas, cuando me tomaron la mano por primera vez, cuando me di el gusto de callar a un narrador mirándolo con ojos de pistola, como ahora que disfruto quedarme sola en la sala a ver los créditos y quién sabe, tal vez un día ya anciana me sentaré en el asiento central de la séptima fila y preguntaré al de a lado: “¿Qué dijo?!”

Mientras los de atrás me dicen: Shhhh!

jueves, 18 de febrero de 2010

Música para mis oídos...




Hace dos años, en mi antigua casa ubicada fuera de los límites de la ciudad, nos despertamos un domingo con un fuerte sonido como de gas escapando, por supuesto brinqué de la cama y busqué el origen del ruido, venía de afuera y cuando me asomé por la ventana, no podía creerlo, cinco globos aerostáticos estaban en el inicio del fraccionamiento y volaban hacia la casa a pocos metros de los techos, corrí y desperté a mi hija que por supuesto no tenía idea de lo que pasaba, ni siquiera la vestí, la cargué y salí corriendo, para mi sorpresa no había nadie más, estábamos solas en la calle, en pijama, un domingo a las ocho de la mañana presenciando un espectáculo que parecía haber sido enviado solo para nosotras, como un gran regalo.

Mi hija miraba hacia arriba con la boca bien abierta (me imagino que yo también) cuando uno de los globos pasó justo encima de nosotras, ella estiró su manita y se apoyaba en mi para alzarse lo más posible, estaba segura de poder alcanzarlos y aunque no pudo tocarlos, no lo lamentó, decía adiós tan efusivamente que pensé que se le iba a zafar el brazo y sonreía, los dos pasajeros del globo respondieron su saludo mientras se alejaban y mi hija esbozando una sonrisa hizo: "aaaaaah" en un suspiro profundo como despidiéndose también de la emoción.

Ayer mientras cenábamos, ella masticaba una manzana, moviendo la cabeza de lado a lado como bailando una música que sólo ella podía escuchar, al mismo tiempo hacía un ruidito al masticar, algo así como: "mda mda mda", y sonreí, descubrí que me gusta, si, ese pequeño detalle, fue un sonido que reconocí y disfruté, como aquel suspiro, como sus carcajadas donde el "jajaja" puede distinguirse con claridad y que terminan siempre con un "jaaaaa", como el sonido de sus pasitos cuando brinca como Heidi en la pradera "tati tati tati", signo inequívoco de que está contenta, como el ruidito que hace cuando abraza a su abuelo tan fuerte que parece que le faltan fuerza o brazos para hacerlo y suena como "añññ añññ añññ", como el sollozo cuando termina de llorar y por fin llega la calma "huuu huuu", como su voz cuando sale del colegio y corre hacia mi gritando: "Maaaamiiii!!"

Esa claro, es mi música, mi sinfonía, los acordes que marcan el ritmo que lleva mi corazón a un estado de alegría, ¿recuerdas la tuya?, ¿que notas la conforman?, ¿de donde recoges los sonidos que la crean?, ¿del tono de su voz cuando dice tu nombre?,¿de su risa?, ¿de sus pasos llegando a casa?, ¿de tu propio latir?… todos ellos, ruido aislado para los demás,son los que al traerlos a tu mente, aún en total soledad,te hacen sentir pleno y decir en un suspiro:

"Aaaaah, música para mis oídos."

jueves, 11 de febrero de 2010

Odio San Valentín...




A punto estuvo mi hermana de llamarse Valentina y a tiempo recapacitaron mis padres dejando a un lado la vieja tradición de llamar a los hijos de acuerdo al santoral (después de todo San Valentín murió ejecutado justo el día en el que se le celebra, por andar casando insensatos a escondidas, vaya karma!), desde que tengo uso de razón, como habrán de suponer a estas alturas, he pasado cada 14 de Febrero, día de San Valentín celebrando el cumpleaños de mi hermana, de niña claro, no me importaba, ni siquiera sabía que se celebrara algo diferente en esa fecha y es que en aquellos mis tiempos infantiles todavía la mercadotecnia no ocupaba el kindergarden y uno se enteraba de San Valentín después de los 12 o algo así…que tiempos aquellos…odio esa aseveración pero con frecuencia, viene bien utilizarla.

El caso es que luego, cuando descubrí que se celebraba a amigos y enamorados, además de a mi hermana, el gusanito de la envidia empezó a hacerme cosquillas, porque claro, todo giraba en torno a ella en esa fecha, seguramente a ella le molestaba haber nacido en esa fecha porque novio o no, siempre recibía sólo un regalo, en realidad eso no lo sé, nunca me he atrevido a preguntárselo, quizás la hora ha llegado de que lea esta confesión y tenga la iniciativa de liberarme de la inquietante duda.

He de confesar que cada vez que se acerca un 14 de febrero, la cursilería que vive en mi interior y que procuro disimular el resto del año, se apodera de mi y me lleva a alucinantes visiones que van desde recibir un enorme ramo de rosas de un admirador desconocido, hasta la inesperada llamada de aquel ser inalcanzable que por fin en un derroche de valor, motivado por la fecha se decide a declararme su amor eterno…eso lo escribí o lo pensé?...

En todo caso, yo sostengo desde hace años, que aún los hombres y mujeres que nos pronunciamos en contra de la mercadotecnia el día de San Valentín, guardamos en nuestros rejegos corazones la ilusión de que algo relacionado con el amor nos sorprenda ese día, por supuesto, es más inteligente negarlo, así, si no pasa nada, el 15 de febrero podremos exclamar muy ufanos: ven? Les dije.

Seguramente llegarán comentarios a esta entrada que dirán, “yo verdaderamente no creo en el amor”, “es todo mercadotecnia, yo sostengo mi postura en contra”, “eso es hipocresía, si yo digo que lo odio, lo odio” y cosas por el estilo, vengan, anden, comenten, los espero con los brazos abiertos para que me demuestren que no soy la única loca que lo hace.

Hace poco platicaba con un amigo (al que admiro profundamente, dicho sea de paso) la influencia que tanta novela televisiva ha tenido en nuestro concepto de lo que debe o no ser el amor y yo le dije que mientras me fuera posible evitar que mi hija viera telenovelas, lo haría de mil amores, sin embargo, mañana 12 de febrero, ya se encargaron en su escuela de hacer una fiesta de San Valentín, celebrando por supuesto la amistad pero los niños de hoy…bueno, van tres pasos adelante y ya espera, como el año pasado, un peluche de parte de EL niño…ese niño. Así que mucho me temo que no puedo evitar que de una forma u otra, esté cerca del amor, al menos del concepto social del mismo, pero eso, ya lo platicaremos en otra entrada.

Por ahora, los invito a tratar de pasar el día, si bien con ilusión, sin más expectativa que lo que sus propios actos generen, a que sean ustedes los que se atrevan a hacer algo diferente por el ser amado y por supuesto a enfrentar las consecuencias, de lo contrario, mi consejo es el que yo sigo: afirmo que odio el día, que lo único que me interesa es celebrar a mi hermana y si no pasa nada extraordinario, el 15 de febrero podré exclamar con una sonrisa de oreja a oreja: ven? Les dije!

viernes, 5 de febrero de 2010

La foto con Barbie...



Luna llevaba tres semanas preguntando en qué momento iríamos por fin al circo que veía cada vez que íbamos o veníamos del colegio, yo estaba renuente porque el frío apretaba cada vez más y el mentado circo era sobre hielo. Aprendiendo las lecciones más viejas de su abuelo materno, que por supuesto yo tengo también aprendidas desde hace mucho y siguiendo su consejo de siempre “las cosas se consiguen por insistencia o por hartazgo” por fin logró su cometido y ayer le dije que sí, que iríamos al circo.


Antes de ir por ella esta tarde al colegio, trataba de prepararme psicológicamente para lo que vendría, mi Madre me avisó orgullosa que colaborando con la causa había salido presurosa detrás de la camionetita con altavoces que anunciaba gran oferta de boletos a 30 pesos cada uno, claro, donde te sangran es adentro pensé, pero igual agradecí el gesto, fui por la pulga a la escuela y pasamos al circo para conocer los horarios, pregunté cuales eran los lugares para los que aplicaba la famosa promoción de 30 pesos y por supuesto eran los peores, gayola y de ladito, así que igual tuve que comprar boletos decentes, cuando salíamos por una puertita de metal, me levanté antes de lo debido dándome un golpazo en la cabeza, juro que ví estrellitas a mi alrededor y pensé, esto es un mal augurio.

Atarantada y todo, llevé puntual a Luna a la función de las seis, una fila con proporción aproximada de dos chamacos por adulto esperaba impaciente a que abrieran las puertas y así, sin anestesia, el primer sablazo, mientras esperábamos varios vendedores ya ofrecían pepitas, cacahuates, gomitas, obleas y todas esas chunches que es costumbre mordisquear en la espera de que algo comience, Luna quiso obleas y yo con la ilusión de que adentro ya no pidiera nada, las compré…diez pesos la triste bolsita, total, por fin abrieron la puerta y entramos, yo como madre inteligente que soy elegí la última fila de la zona justo en la parte donde no hay más sillas adelante y sonreí con cara de llegamos primero, hasta que me di cuenta de que no había sillas adelante porque era la zona por la que los vendedores suben y bajan, para cuando lo advertí los mejores lugares habían sido tomados y allá fuimos a cazar lo “menos peor”, no estuvo tan mal, después de todo siendo sólo dos, fue fácil encontrar un huequito.

Por fin empezó la función, una campanita con sobrepeso salió triunfante de entre las cortinas, enfundada en un disfraz verde, de inmediato patinó hasta el aro que la elevó por los aires mientras hacía graciosas piruetas y Luna aplaudía emocionada, luego siguió la princesa Jazmín, de Aladino, no me hagan mucho caso pero algo me dice que era campanita con otra peluca, le siguieron los payasos que afortunadamente eran bastante buenos y le arrancaron un par de carcajadas a Luna (difícil empresa) y la verdad también a mí, pero yo soy de risa fácil, así que no es gran mérito, después apareció Blanca Nieves…no me hagan mucho caso pero creo que era Jazmín que a su vez era campanita, con otra peluca, acompañada de un príncipe que acá entre nos parecía su hijo y Luna de inmediato sentenció: el príncipe está medio feo, luego dijo, trae aretes, como el de la taquilla.

Después vino el intermedio, aún no prendían las luces cuando yo ya había sacado la cartera, llegaron los de los juguetes luminosos (indispensables si queríamos saludar a Barbie, que por algún motivo se anunciaba como Beybe en los carteles) luego se acercaron a vendernos la foto, misma que jamás nos enteramos que tomaron y en la que yo salgo con cara de maniática y Luna de compungida, igual la compré, no me gusta pensar en donde pueden acabar las fotos que uno no compra en los eventos, desfiló el de las palomitas y al final el globero, enseguida, comenzó la segunda parte de la función, un tipo salió a hacer danza aérea en dos lienzos de tela azul, debo decir que fue lo mejor de la noche y cuando, como todos lo hacen, se desenredó de zopetón como si fuera a estamparse contra el piso deteniéndose al final con el último nudito en una pierna, no se hizo esperar el clásico, AAAH!! de la multitud, que acompaña siempre al momento cumbre, luego, en una extraña mezcla de Vaselina con High School Musical, por fin apareció Barbie, esta era más flaca, definitivamente no era campanita con peluca, aunque advertí que se trataba también de la sirenita por el tatuaje que llevaba en la espalda baja y que se notaba desde nuestros asientos en luneta, por fin terminó la función y como era de esperarse, cuando acudimos a saludar a Barbie con el pase VIP que resultaba ser el anillo luminoso de treinta pesos que Luna llevaba puesto, yo preparaba de nuevo la cartera para el siguiente ramalazo, porque el anillo te daba el derecho de saludarla, la foto claro, era otra cosa, costaba 100 pesos y si yo quería, podía salir también en la foto por el mismo precio!!! y guardar un recuerdo eterno de los centímetros que me faltan, los kilos que me sobran y los años que no pasan en vano, agradecí sonriente y rechacé la oferta, mientras tanto, la pulga ya había saltado a la tarima y tomada de la mano de Barbie (o Beybe) sonreía a la cámara.

Mientras esperábamos la famosa foto que tardaba como si la hubieran llevado a esculpir por un pajarraco de los Picapiedra, Luna seguía modelando frente al auto rosa con interiores de peluche, escenario de la foto, cuando se hartó del modelaje, se acercó a mi y me dijo, “ya vámonos Mamá, que esperamos?” y le respondí: “pues la foto!” se me quedó viendo y en un ataque de risa me dijo, “yo lo que quería era tomarme la foto, ya me la tomé, ya vámonos” con su habitual sabiduría infantil, que estoy convencida que existe en todo niño, me explicaba, en sus palabras, que lo importante era la experiencia, el recuerdo, la emoción, yo por supuesto, con más ansias esperé la foto para luego escribir esta crónica, guardarla junto a ella y algún día, cuando veamos un álbum y juntas recordemos nuestros mejores momentos, podré decirle: “Y esta, es de cuando me enseñaste que no importa cuánto habíamos pagado por la entrada, las palomitas y la foto, sino la experiencia de haber conocido en persona, a Barbie.” no sé por qué de pronto pienso en mastercard.

Ah! Y el mal presagio del golpe en la cabeza fue porque a media función me di otro con la barrera metálica que dividía una sección de la otra, cuando hice la cabeza para atrás en una carcajada, de eso no tengo foto, pero seguro no lo olvidaré.

jueves, 28 de enero de 2010

#mevalemaiz




Hace un par de semanas cambié mi avatar en twitter por un pedazo de una mala foto que me tomé con la webcam de la minilap, era la primera vez que usaba la cámara, así que saqué como 20 fotos, una se abrió pero sólo se alcanzaba a ver una parte y me gustó así que abrí la foto y la recorté para que se viera sólo parte que por accidente se había mostrado la primera vez. La coloqué como avatar de twitter y como siempre que alguien cambia su avatar, los comentarios no se hicieron esperar, yo pregunté si me veía mala y alguien dijo por ahí que si, que parecía una asesina, el resto de la historia ya la conocen, todo fue a parar en un concurso, un juego, un ejercicio literario que llamaría la atención de más de uno, pero atrás de lo que todos vieron pasaron algunas cosas que hoy les quiero compartir.
La idea de Twitteras Asesinas comenzó a crecer, a llamar la atención y casi se me fue de las manos, todo mundo opinaba, criticaba, positivamente o no, el proyecto, me llamaron de todo: diva, discriminadora, la vestida…ah no, eso se lo dijeron a alguien más, bueno, el caso es que adjetivos fueron y vinieron, de nuevo unos positivos y otros negativos, y yo seguía sin entender bien que era lo que estaba pasando, trataba a toda costa de armarme de oídos sordos o en este caso de ojos ciegos aunque debo reconocer que no fui del todo exitosa, no entendía el por qué de determinados comentarios llenos de odio y veneno, hubo por supuesto quien hizo una crítica si bien en contra, por lo menos respetuosa, esas fueron bienvenidas perdí algunos amitweets, gané algunos más, pero el trance fue difícil.
En más de una ocasión, los ataques me hicieron apagar la computadora, olvidarme de todo y salir a tomar aire, luego regresaba a decir #mevalemaiz y continuaba, cada vez que esto ocurría me refugiaba de twitter en el mundo real, tal como lo haría usualmente en el otro sentido, refugiándome del mundo real, en twitter, cerrada la compu no había nada, ni blog, ni ataques, ni amigos, ni detractores, nada, era yo sentada tomando mi chai latte, sin que nadie advirtiera en mi algo diferente, por qué volver entonces? En el mundo real, segura, libre de insultos y recriminaciones, por qué no quedarme ahí? En la pacífica y confortable realidad, así lo pensé, en más de una ocasión, pero luego pensaba, y las que participan? Las que sin ningún tipo de cuestionamiento, levantaron la mano para sumarse a esta locura y en 6500 caracteres hicieron un derroche de talento tal que esto se convirtió en lo que es. Por qué lo hicieron? Que las motivó? No tuve siquiera que pedirles la respuesta, cuando todos hablaban de ellas y los espacios se empezaron a abrir, empecé a recibir sus mensajes exponiendo las razones para participar y entonces supe que había valido la pena.
Escribieron porque en ellas está latente la necesidad de expresarse, porque confían en su talento, porque a veces, al vivir el día a día siendo profesionistas, mamás, esposas, novias, MUJERES en una palabra, lo que llevan dentro se queda en la sala de espera y mientras ansía escuchar que alguien venga a decirle que es su turno, parece apagarse, pero no se extingue.
Esta es apenas una ocasión para mostrar de una buena vez lo que tienen que ofrecer, este, es su turno.

Por ustedes, queridas #twitterasasesinas, vale la pena volver a twitter y decir #mevalemaiz

Gracias desde el alma

Tania Valladares

jueves, 7 de enero de 2010

La vie en rose…

El título de esta entrada invita a recorrer con la mente las calles parisinas y a muchos sin duda les traerá a la memoria auditiva, la dulce voz de Edtih Piaf entonando la famosa melodía. Sin embargo, odio decirlo, el título obedece a temas muchos más banales. El día de hoy después de haberme dormido a las cuatro de la mañana, desperté a las siete muy feliz y llena de energía para cumplir a tiempo, primero con atender, arreglar y llevar a Luna al colegio y después con acudir puntual a una cita con un cliente, el lugar se encuentra muy cerca de mi casa-oficina así que a las nueve salí muy contenta sin prisa pero sin pausa para mi cita…de las nueve…ejem…bueno, como dije, está muy cerca, el caso es que llegué primero que el cliente y esperé veinte minutos afuera de la oficina mientras sentía que mis manos perdían movilidad y mi piel tomaba un colorsito cada vez más azul, tirándole a pitufo, al tiempo que eso sucedia me dí a la tarea de observar a las oficinistas que llegaban muy arregladitas corriendo a sus lugares de trabajo, una era igualita a “Madeleine”…cielos, quizás el día tenía un toque de Francia después de todo, el caso es que ni la espera ni el frío lograron apagar mi ánimo, por fin el cliente llegó, pasamos a su oficina y cuando encendí la laptop, la pantalla se iluminó con un hermoso color rosa…fucsia!...con risita de “jeje, esto nunca me había pasado”, hice lo que cualquier ser humano sensato hubiera hecho…le sorrajé dos guamazos a la pantalla a ver si algo se resolvía y nada pasó, acto seguido, hice lo que cualquier ser humano sensato hubiera hecho después, la apagué y la prendí mientras oraba en mi interior por que algo cómico-mágico-musical sucediera y la laptop encendiera como si nada, cosa que no ocurrió, en segundos el hermoso rosa fucsia cubría de nuevo toda la pantalla, ante la mirada impaciente del cliente sonreí y dije “es una muestra de la visión siempre positiva de nuestra consultoría” afortunadamente el cliente soltó una carcajada y me ofreció una USB para cambiar el archivo y verlo en su computadora, así lo hicimos y la cita transcurrió cordial y con excelentes resultados.

Al salir de ahí recordé que apenas el martes pasado después de desayunar con dos entrañables amigos había perdido el boleto del estacionamiento y por supuesto tuve que pagar una multota para lograr rescatar mi automóvil, cuando salía del estacionamiento, metí la mano a la bolsa para buscar unas pastillas y apareció el mentado boleto, no pude más que soltar una sonora carcajada, la había pasado tan bien que nada lograba modificar mi ánimo.

Hoy después de la cita, llegué a las diez treinta a mi cita de las diez…ejem…por fortuna, nuevamente fui la primera en llegar, lo siento por mi amigo que se vió obligado a soportar estoicamente el color rosa de mi pantalla mientras hacíamos su catálogo de cursos y saliendo de allí me dí a la tarea de buscar una nueva computadora, con la ayuda y el buen ánimo de unos cuantos consejeros cuyos comentarios aprecio enormemente, tanto el día del boleto perdido, como hoy, el día de la laptop fallecida, mi buen ánimo se mantuvo y además ha ido a la alza, muchos afirmaron: vaya día! que mala suerte! hazte una limpia! y mensajes por el estilo, y yo siempre respondía, por qué? estoy super bien!

Y la verdad es que no había caído en cuenta de ello, mi Mamá siempre dice, la vida te ofrece dos caminos, en uno la pasas bien y en otro mal, aún cuando la opción sea solo una, a ver si consigo explicarme mejor, el día del estacionamiento, la circunstancia era definitiva, no había opciones, perdí el recondenado boleto, sin mencionar que antes de eso recorrí tres niveles buscando el coche, la caseta de salida no funcionaba por lo que tuve que ir a la entrada, cuando les dije que había perdido el boleto me dijeron que tenía que ir a la salida principal a que tomaran mis datos, como esta, según yo, no servía, fui caminando y cuando llegué me dijeron que no podía ir caminando, que regresara por mi automóvil y presentara mi tarjeta de circulación y una identificación, allá fui caminando otra vez y por fin conseguí salir, suena cortito pero la odisea me llevó cerca de una hora, sin embargo, al salir, seguía tan contenta por el encuentro previo y tan enfocada en recordar las risas y los abrazos y las anécdotas que mi cerebro y corazón no tenían espacio ya para ningún otro tipo de sentimiento y cuando apareció el boleto, apareció también la carcajada, lo mismo ocurrió hoy, el enfoque en los aspectos positivos del día, han impedido que ni el hecho de gastar seis mil pesos totalmente fuera de presupuesto y de tener que pasar todos mis archivos de una computadora a otra, hayan hecho mella en mi ánimo.

La verdad es que no lo hice consciente hasta que conversaba con alguien en messenger que me dijo: “por lo que leo te ha ido bien” y yo sin chistar dije: “si!” y mientras espero la llamada para recoger la nueva laptop, empecé a escribir esto en la pantalla aún rosa fucsia de la vieja compaq, que me recuerda que sin duda, siempre es posible elegir esta opción, siempre puede verse “la vie en rose”.