viernes, 19 de marzo de 2010

La yo que solía ser...





Buscando una libreta que me acompañara a un viaje (nunca se sabe cuando te ocurrirá algo que merezca la pena ser escrito para poder recordarlo luego) encontré una en la que escribí hace casi 13 años, debo aceptar que me gustó reconocerme como era entonces, con el discreto deseo de que alguien leyera lo que ahí escribía.

Recuerdo perfectamente aquel viaje, yo tenía 22 años y trabajaba como supervisora de capacitación en una empresa alemana, tenían que mandar un material urgente a Puebla y alguien debía viajar con él como equipaje a la Cd. de México, yo nunca había viajado sola, así que sin dudarlo levanté la mano y al no haber más opciones me “eligieron” a mí y allá fui.

Así pues, me permito usar este espacio para cumplirle el sueño a aquella Tania, que es tan parecida como distinta a la Tania que soy ahora, sepan disculpar los errores, lo transcribo tal como lo encontré.

Ah, pero antes, una pregunta, si tu pudieras cumplirle un sueño al tú que eras hace 13 años, cual sería? Por qué no hacerlo hoy también? Y así le rendiremos tributo juntos al ímpetu que nos llevó a construir nuestra realidad actual y quién sabe, quizás ese ejercicio nos recuerde la esencia de lo que somos y que tan fieles hemos sido a nuestros deseos.

Con su venia, los dejo con lo que yo pensaba aquel día…

Lunes 06 de octubre de 1997

Por raro que parezca, las letras me llaman, estoy en un metro en la Cd. De México, en medio de un viaje relámpago y un muchacho subió vendiendo estas libretas que coincidentemente siempre me han causado fascinación porque se me figuran antiguas y románticas, aunque a otros les parezcan aburridas y fiscales, cosa segura puesto que he sido yo la única que la compró (al menos en este carro). Aquí venden de todo, un señor que vendía reglas y compases acaba de bajar y ahora se escucha irónica la voz de un niño triste vendiendo alegrías.

Después de la travesía del metro cuya escritura tuve que abandonar debido a la estación “la católica”, me encuentro en mi sueño, tomando una piña colada en un café de la zona rosa llamado “Yuppies sport”, si mi amigo Oscar Zárate me viera aquí, me retiraría el habla definitivamente.
Después de leer y releer la carta, he hecho una elección (de $40.00 para abajo) ando con dinero de la compañía y cuando vean la nota van a decir ¿no podías comprar una coca y una bolsa de papas?

Órale! Las meseras traen botines Andrea. ¿ves como no pido mucho madre?

Me metí en el lugar con menos tránsito ¿será el nombre una barrera psicólógica…¿?…¿? ¡Nooo!

Muevo el popote en mi piña colada y de pronto pienso ¿será esto naco en la subcultura yuppie?, por si acaso, mejor ya no lo hago.

Wow! ¿Qué tengo en frente? “Gold Ram” bolsas de piel, ¿precios? Ahí muere, mejor me quedo en mi mesita a esperar mi ensalada triathlón. Mmmm ¡Mejor de lo que imaginé! ¡Arriba los Yupies!…perdón Oscar.

Jose, creo que los champiñones que me sirvieron son alucinógenos, acabo de verte pasar.

En un acto casi ritual los yuppies se levantan, acomodan su silla y se ponen sus sacos al ritmo que marca el primero en hacerlo, jaja.

De regreso al mundo suburbano me meto en el metro sardina para regresar al aeropuerto, vaya día! De la tierra al cielo, del cielo a la subtierra, de ahí al mundo yuppie, de los yuppies al submundo, otra vez al cielo y por fin: hogar dulce hogar, bueno, eso espero porque mi avión sale a las 6:00 y si lo pierdo me muero, ahora que si no me muero, regresaré al mundo yuppie mientras me matan.

Destino final: el aeropuerto, aquí no soy la única solapa así que no me siento tan mal. El topo, la prima y la flais no saben de la que se están perdiendo, estoy en el área de vuelos internacionales y por estúpido que parezca, no pierdo la esperanza de ver llegar a Jose.

Otra vez en un avión, de regreso a casa, sólo que esta vez llueve, nunca he viajado así, espero que sea hermoso, yo no sé por qué escribo cosas que nadie más que yo va a leer, pero me divierto mucho cuando las releo, de hecho, creo que soy mi escritora favorita después de Milan Kundera (se vale soñar) me conformaré el día en que alguien recuerde lo que escribí “bajo la rueda”.

Ya estuvo bueno de crecidas vanidades, aunque voy para arriba, mejor me calmo, solo es el avión.

Me choca aerocalifornia, parecen peseras aéreas, pero debo recordar que tengo dos opciones: sufrir y disfrutar, ya estoy aquí, cual elijo?

Las nubes me distraen por un momento, ¡que precioso día!, vi amanecer desde el cielo y veré el anochecer también desde aquí.

Perdona libreta que te deje de nuevo, pero no quiero perderme el espectáculo de luces y sombras que me ofrecen a través de la ventanilla.

sábado, 13 de marzo de 2010

De sorpresa y expectación




Cuando he dado clases, a mis alumnos les resulta más que evidente mi amor por el cine, ya que con frecuencia, inicio un tema diciendo “vieron una película que…?” y generalmente la respuesta es: no. Me curo en salud con dicha explicación de la explicación que ahora viene, porque estoy a punto de decir “vieron una película que…?” afortunadamente en estos rumbos hay muchos contemporáneos y generalmente la respuesta es: si. Eso ayuda bastante.

Vieron una película que se llama “Great Expectations”? es de 1998, dirigida por el mexicano Alfonso Cuarón, adaptación de la novela del mismo nombre escrita por Charles Dickens, como en todo arte, mucho de lo que se devela ante nuestros ojos es provocado por nuestra propia percepción, así que habrá quien haya visto en esta película algo diferente a lo que yo vi, y lo que yo vi, fueron una chica y un chico, ella rodeada de grandes expectativas de vida, tanto por su posición social como por su belleza y un chico, rodeado de la ausencia de expectativas por su situación económica y familiar, poseedor eso sí, de un gran talento como pintor. Por supuesto no se las voy a contar porque habrá uno que otro que no la haya visto, pero si puedo decirles que la forma en que sus historias se desarrollan y llevan a uno y otro a enfrentar una realidad diferente a sus expectativas, te hace dudar que será mejor, si el hecho de que dichas expectativas sean grandes o la ausencia de éstas.

De alguna extraña forma yo me he encontrado, en diversos momentos con situaciones que me llevaron a generar la loca teoría de que es mejor no tener expectativas, cuando estaba chava, no hace tanto, y salía con mi mejor amiga con la expectativa de arrasar con cuanto bar, disco o antro encontráramos a nuestro paso por la ciudad, puntos circunvecinos y adyacentes, era ley, nos iba de lo peor, no había onda en ningún lado, o no podíamos entrar, en fin, la noche acababa en viacrucis y cuando nos dábamos cuenta ya era de madrugada y teníamos que regresar y otra veces, en las que cada una estaba tirada en su casa, ya con pijama y de pronto a teléfono decidíamos salir a determinado lugar a tomar una copa y regresar, llegamos a pasar los mejores momentos de nuestra vida de reventón, la mejor fue la que llamamos “la noche de los gremlins” (ella entenderá).

El caso es que la madrugada de hoy, después de un viaje de diez horas en un autobús que parecía diligencia del viejo oeste y que paró en cada pueblo que encontraba en el camino, (siempre, SIEMPRE pregunten si es directo) me encontraba a pesar del cansancio, contenta por lo productivo del viaje y con eso en mente, me dormí.

Cuando desperté, me encontré con uno de esos mensajes que te anuncian lo peor que se te ocurra recibir en términos profesionales, no diré que era, pero piensa en algo que te pondría muy de malas leer al despertar y bang! ahí está, imaginarás mi sensación, a regañadientes inicié el día con el coraje atravesado y la sensación de que todo estaba por empeorar, sin expectativas de ningún tipo pues.

Con la bilis aún en punto de derrame y el cerebro en ebullición me puse a hacer actividades de esas que llamamos “pendientes” y que por “x” o “y” postergamos durante semanas, embebida en estas labores recibí la llamada de un amigo, en relación al malestar matutino, después de hablar con él, ya de mejor humor, seguí adelante, poco a poco cada tarea que empecé fue concretada sin problemas, nuevas llamadas y buenas noticias empezaron a llegar durante el día, una larga plática con un amigo acabando de limar asperezas, momentos emotivos nacidos de la nada, vuelcos al corazón resumidos en ciento cuarenta caracteres, carcajadas de mi hija resonando por la casa, mi perrita acompañándome a mis pies, sobremesa con mis viejos y cuando me di cuenta, aquel día calificado como “del nabo” en las primeras horas de la mañana, se había transformado en un estupendo día, en el que las cosas más simples habían tomado relevancia, la que sin duda hace tiempo merecían.

Todo ello me llevó a reflexionar, como los invito yo a hacerlo ahora, que habría pasado si mi día hubiera empezado estupendamente? si además de eso, basada en esa sensación yo me hubiera generado expectativas de lo grande y lejos que debían llevarme las siguientes horas, probablemente hubiera postergado más uno que otro de los pendientes, dedicándome a concebir el plan que por fin me haría conquistar al mundo y entonces!!...ok, fui demasiado lejos con eso, pero, quizás al transcurrir el día y no ver mis expectativas cumplidas, la frustración se hubiera apoderado de mi, quizás hubiera mandado callar a mi hija de un grito mientras se carcajeaba jugando, tal vez hubiera castigado de un patín a mi mascota porque me paré y estuve a punto de pisarla, tal vez en la prisa por recibir lo mejor del día, me hubiera parado de la mesa para regresar a la computadora y dejado a los viejos solos...en fin.

¿Cuántas cosas colosales nos perdemos en espera de las grandes?

Mi Papá siempre dice “el hubiera es el pasado perfecto de me apendejé”, y en esa lógica no vale hacer especulaciones sobre lo que no pasó.

Sin embargo, he decidido de forma consciente, uno que otro día como sano ejercicio, empezar el día sin expectativa alguna, dejando que la vida me lleve y me sorprenda a cada paso, tornándome receptiva a cada palabra y su significado, sensible a cada encuentro, atenta a cada sonido y así sin esperar nada, probablemente tenga otro día tan inolvidable como hoy.

Mientras escribía las últimas líneas de esta entrada, alguien a quien menciono en ella apareció en el messenger y cuando le dije de su presencia en este texto me dijo: “Órale!” me reí por lo espontáneo de la expresión y le pregunté: “y ese órale?” a lo que respondió: “es de sorpresa y expectación”, yo no podía creerlo, lo único que le faltaba a esta entrada para ser publicada era un título, y llegó, que bueno que alguien más lo sabe o cualquiera pensaría que estoy loca y lo imaginé.
Hoy antes de dormir, mi pensamiento será este: deja, cada vez con más frecuencia, que la vida tome te suceda y te llene a lo largo del día de momentos que te llenen el alma de sorpresas… aún sin expectativa alguna.

jueves, 4 de marzo de 2010

Carpe diem




Por allá en 1989 se estrenó “La sociedad de los poetas muertos” una película inspiradora como pocas, como ninguna en su contexto, me atrevería a decir, al menos para mí.

Sé que no exagero al decir que marcó a toda una generación que de jóvenes que nos identificábamos con el sentir de los personajes que luchaban a costa de lo que fuera con tal de alcanzar sus sueños y descubrir que no siempre era así, que a veces el destino, las circunstancias, la propia familia, nos llevan por caminos que no eran los que deseábamos seguir y por otro lado, muestra también como aquellos que se atreven a ser diferentes, a enseñarte a pensar a guiarte a encontrar no el camino correcto, sino tu camino, cualquiera que sea, no siempre son vistos con buenos ojos.
Hay una frase de la película, que aún ahora veo que mis contemporáneos utilizan para generar impulso y decir que cada momento debe ser aprovechado, seguramente algunos ya la conocían antes de la película, algunos después, pero yo debo decir, que como muchos otros, la escuché por primera vez allí, la frase es: “Carpe Diem” del poeta romano, Horacio, que literalmente significa “aprovecha el día” claro que va más allá de eso, habla de aprovechar el día, el momento, el instante, las circunstancias, de arrancarle lo mejor que tienen por ofrecer y hacer lo mismo al siguiente día, al siguiente instante.

Hace una semana mi hija salió vestida de duende (una entre 40) en una obra de teatro que si bien era escolar, se hizo en el recinto más importante de la ciudad, al final, cuando el público aplaudía emocionado y algunos chiquitos desde el escenario buscaban llorando a sus Papás para que los bajaran de ahí de una buena vez. Ella observaba todo, era hermoso observarla observando, al techo, al público, a los músicos, las luces, el telón y yo imaginaba, como debía de ser de grande aquel escenario para una niña de 6 años y cuántos de los espectadores, habían dejado pasar más de una vez la oportunidad de ver el teatro desde esa perspectiva.

Vale la pena hacer un alto y reflexionar si nuestra vida está llena de días aprovechados o de “que tal sis” …que tal si hubiera hecho ese viaje? …que tal si me hubiera inscrito en ese curso? …que tal si hubiera participado en tal convocatoria? …que tal si me hubiera atrevido? Y de nuevo, me atrevo a asegurar que llegaremos a la misma conclusión, ese “detente” o ese “adelante”, no es más que una decisión particular, individual.

A qué le tenemos miedo? Que cosa verdaderamente espantosa nos puede ocurrir al asumir el riesgo de hacer algo diferente? Nuestros temores realmente justifican el que renunciemos a vivir determinadas experiencias, mira hacia atrás, anda, echa un vistazo y notarás, que tu vida está hecha de instantes en los que te atreviste, de los momentos en que hiciste a un lado tus miedos y decidiste aprovechar el instante.
Incluso los fracasos que te llevaron a crecer, tuvieron su base en una decisión, en una acción, en el momento en que una oportunidad se presentó ante tus ojos y una voz en tu interior dijo: adelante.

Y así, verás tu historia construida a base de experiencias vividas, de satisfacciones, de derrotas que te hicieron levantarte, de victorias que marcaron tu destino, de instantes en los que dijiste, sí.

Hoy, una amiga muy querida a la que tuve que hacerle manita de puerco virtual para que aceptara entrar a un concurso de relatos llamado #twitterasdesesperadas recibió una felicitación de parte de una persona a la que admira profundamente y me dijo: ya no es importante si gano o no, esto ya valió la pena para mí.

Y me hizo pensar en el valor de la experiencia, en que mi hija por ejemplo, entre los 40 duendes, lejos de ser una de las estelares y participando con un diálogo de cuatro palabras a coro: “sigue el camino amarillo” finalmente estuvo ahí, frente al público, y disfrutó de la emoción de recibir los aplausos cuando la iluminaban luces de colores, cañones de confeti explotaban a su alrededor y el telón se cerraba frente a sus ojos mientras yo repetía desde mi asiento “carpe diem niña mía, carpe diem.”

jueves, 25 de febrero de 2010

Asiento central de la séptima fila




Soy una maniática del cine, la mayoría diría que lo correcto es decir cinéfila pero en mi caso creo que maniática es más apropiado, cuando voy al cine siempre cuento las filas para sentarme en la séptima, aunque quizás los cines de ahora no tengan ya mucho que ver con el origen de esta costumbre, en Francia por allá de 1638, se le llamó a este lugar privilegiado “L'œil du prince” o lo que es lo mismo “El ojo del príncipe” el centro de la séptima fila marcaba el mejor lugar en el teatro para ver una función porque la distancia del escenario hasta ese punto era proporcional al ancho del escenario, lo que permitía apreciar perfectamente todo lo que en él ocurría, así que por mero amor a la tradición, siempre llego temprano para ocupar dicho lugar.

Supongo que amo ir al cine porque tengo un sin fin de emociones de diferentes etapas de mi vida, relacionadas con el séptimo arte, cuando era niña, ya no vivíamos en el DF pero íbamos con cierta regularidad, una vez nuestra visita coincidió con el super estreno de “Katy la oruga” yo estaba muy emocionada porque iba a verla antes que nadie en Aguascalientes, donde tardaría semanas en llegar, así que mi Papá nos dejó a mi Mamá y a mí en el cine y nos dijo que regresaba en dos horas, cuando llegamos a la taquilla, los boletos se habían agotado, en aquel entonces no había teléfonos celulares, así que era imposible pedirle a mi Papá que regresara y nos quedamos sentadas afuera, vi a todos los niños entrar y salir contentos de la película y a la fila de la siguiente función, a la que por cuestiones de tiempo no alcanzábamos a entrar, formarse frente a nosotros que nos fuimos de ahí sin ver la película, que tristeza! Fue para mí un gran drama y sin duda una de mis primeras lecciones de resistencia a la frustración, siempre he creído que las cosas que recordamos de una manera tan vívida, son las que forman nuestro carácter.

Más grande… a decir verdad no recuerdo ni la edad, ni la película, sólo recuerdo que era en tercera dimensión y que algo tenían que ver unos indios, fui a ver mi primera película en tercera dimensión, los lentes eran cuadrados y grandotes, de papel, tenían un lado azul y uno rojo, como de celofán, insisto, no sé qué película era, sólo recuerdo a mi Papá tratando de esquivar las flechas.

Cuando estaba en la prepa ir al cine era tan emocionante, en esa época es cuando menos importa lo que vas a ver, lo importante es con quien vas, descubres la emoción de que te tomen de la mano, de que apliquen la típica estrategia de estirar los brazos para luego posar la mano ligeramente sobre tu hombro, la electricidad que genera un choque de manos dentro de una bolsa de palomitas y los pon pons derretidos en la bolsita que sostenías entre su mano y la tuya.

Luego, viene una etapa más madura, no vas al cine por ir, empiezas a reconocer actores, directores, se define tu gusto por ciertos géneros y la experiencia cobra otro nivel, yo reconozco a un verdadero amante del cine porque se queda sentado cuando ya todos se fueron, leyendo los créditos finales.

He crecido viendo cine y amándolo, recuerdo una época en la que mientras estaba formada me tapaba los oídos para no escuchar las críticas y comentarios de los que iban saliendo y muchos aplaudían cuando la película terminaba, recuerdo las butacas de antes y los muritos que separaban las diferentes secciones del cine, recuerdo a mi Papá cargándome para tocar la pantalla cuando se acababa la función.

Hoy procuro ir todo lo que puedo y empiezo a creer que este amor por el cine es genético, cuando mi hija tenía menos de dos años la llevé al cine a ver una película de Winnie Pooh y como yo acostumbro hacerlo, nos quedamos hasta el final, ella vió completita la película, no se durmió ni se inquietó y cuando encendieron las luces y la pantalla perdía su brillo, con la manita se despedía de Pooh y sus amigos mientras soltaba una lagrimita.

Por supuesto que están los dvd’s y ahora el blue ray y sabrá Dios que venga después, y está el internet y la facilidad de ver y bajar películas de un sin fin de lugares y aunque es cómodo y por supuesto también disfruto acurrucarme en un sillón y ver una película de principio a fin una y otra vez y cuántas veces me plazca, no cambio por nada la experiencia de ir al cine.

Amo el olor a palomitas que generalmente se me acaban antes de que empiece la película, incluso los personajes que ahí convergen desde los grupos de adolescentes que hacen bromas en los momentos dramáticos de la película o empiezan a poner apodos ahí mismo usando los nombre de los personajes y dicen en voz alta cosas como “ira wey! Es igualito al profe de física” y luego todos sueltan la carcajada, hasta el altote que justo se sienta atrás de mí y me acomoda tres patines durante la función, pasando por los niños que hacen siempre las mismas preguntas: “que es eso?” “que está haciendo?” “qué dijo?” y por otra parte los ancianos que, no, esperen, los ancianos preguntan lo mismo.

Hasta el peor de todos, al que yo llamo “el narrador” y que por alguna extraña razón piensa que su acompañante es ciego o sordo y detalla todo lo que va pasando en la pantalla, durante toda la película, según él en voz baja pero lo escuchas perfectamente “mira mira, va a entrar, híjole, pero adentro está el malo, mira! Que te dije, se van a pelear! Chin! Le dio muy duro” en fin...

El caso es que siempre encuentro estimulante la idea de ir al cine, como cuando era niña y pregunté “qué dijo?” o cuando era adolescente y empecé una guerra de palomitas, cuando me tomaron la mano por primera vez, cuando me di el gusto de callar a un narrador mirándolo con ojos de pistola, como ahora que disfruto quedarme sola en la sala a ver los créditos y quién sabe, tal vez un día ya anciana me sentaré en el asiento central de la séptima fila y preguntaré al de a lado: “¿Qué dijo?!”

Mientras los de atrás me dicen: Shhhh!

jueves, 18 de febrero de 2010

Música para mis oídos...




Hace dos años, en mi antigua casa ubicada fuera de los límites de la ciudad, nos despertamos un domingo con un fuerte sonido como de gas escapando, por supuesto brinqué de la cama y busqué el origen del ruido, venía de afuera y cuando me asomé por la ventana, no podía creerlo, cinco globos aerostáticos estaban en el inicio del fraccionamiento y volaban hacia la casa a pocos metros de los techos, corrí y desperté a mi hija que por supuesto no tenía idea de lo que pasaba, ni siquiera la vestí, la cargué y salí corriendo, para mi sorpresa no había nadie más, estábamos solas en la calle, en pijama, un domingo a las ocho de la mañana presenciando un espectáculo que parecía haber sido enviado solo para nosotras, como un gran regalo.

Mi hija miraba hacia arriba con la boca bien abierta (me imagino que yo también) cuando uno de los globos pasó justo encima de nosotras, ella estiró su manita y se apoyaba en mi para alzarse lo más posible, estaba segura de poder alcanzarlos y aunque no pudo tocarlos, no lo lamentó, decía adiós tan efusivamente que pensé que se le iba a zafar el brazo y sonreía, los dos pasajeros del globo respondieron su saludo mientras se alejaban y mi hija esbozando una sonrisa hizo: "aaaaaah" en un suspiro profundo como despidiéndose también de la emoción.

Ayer mientras cenábamos, ella masticaba una manzana, moviendo la cabeza de lado a lado como bailando una música que sólo ella podía escuchar, al mismo tiempo hacía un ruidito al masticar, algo así como: "mda mda mda", y sonreí, descubrí que me gusta, si, ese pequeño detalle, fue un sonido que reconocí y disfruté, como aquel suspiro, como sus carcajadas donde el "jajaja" puede distinguirse con claridad y que terminan siempre con un "jaaaaa", como el sonido de sus pasitos cuando brinca como Heidi en la pradera "tati tati tati", signo inequívoco de que está contenta, como el ruidito que hace cuando abraza a su abuelo tan fuerte que parece que le faltan fuerza o brazos para hacerlo y suena como "añññ añññ añññ", como el sollozo cuando termina de llorar y por fin llega la calma "huuu huuu", como su voz cuando sale del colegio y corre hacia mi gritando: "Maaaamiiii!!"

Esa claro, es mi música, mi sinfonía, los acordes que marcan el ritmo que lleva mi corazón a un estado de alegría, ¿recuerdas la tuya?, ¿que notas la conforman?, ¿de donde recoges los sonidos que la crean?, ¿del tono de su voz cuando dice tu nombre?,¿de su risa?, ¿de sus pasos llegando a casa?, ¿de tu propio latir?… todos ellos, ruido aislado para los demás,son los que al traerlos a tu mente, aún en total soledad,te hacen sentir pleno y decir en un suspiro:

"Aaaaah, música para mis oídos."

jueves, 11 de febrero de 2010

Odio San Valentín...




A punto estuvo mi hermana de llamarse Valentina y a tiempo recapacitaron mis padres dejando a un lado la vieja tradición de llamar a los hijos de acuerdo al santoral (después de todo San Valentín murió ejecutado justo el día en el que se le celebra, por andar casando insensatos a escondidas, vaya karma!), desde que tengo uso de razón, como habrán de suponer a estas alturas, he pasado cada 14 de Febrero, día de San Valentín celebrando el cumpleaños de mi hermana, de niña claro, no me importaba, ni siquiera sabía que se celebrara algo diferente en esa fecha y es que en aquellos mis tiempos infantiles todavía la mercadotecnia no ocupaba el kindergarden y uno se enteraba de San Valentín después de los 12 o algo así…que tiempos aquellos…odio esa aseveración pero con frecuencia, viene bien utilizarla.

El caso es que luego, cuando descubrí que se celebraba a amigos y enamorados, además de a mi hermana, el gusanito de la envidia empezó a hacerme cosquillas, porque claro, todo giraba en torno a ella en esa fecha, seguramente a ella le molestaba haber nacido en esa fecha porque novio o no, siempre recibía sólo un regalo, en realidad eso no lo sé, nunca me he atrevido a preguntárselo, quizás la hora ha llegado de que lea esta confesión y tenga la iniciativa de liberarme de la inquietante duda.

He de confesar que cada vez que se acerca un 14 de febrero, la cursilería que vive en mi interior y que procuro disimular el resto del año, se apodera de mi y me lleva a alucinantes visiones que van desde recibir un enorme ramo de rosas de un admirador desconocido, hasta la inesperada llamada de aquel ser inalcanzable que por fin en un derroche de valor, motivado por la fecha se decide a declararme su amor eterno…eso lo escribí o lo pensé?...

En todo caso, yo sostengo desde hace años, que aún los hombres y mujeres que nos pronunciamos en contra de la mercadotecnia el día de San Valentín, guardamos en nuestros rejegos corazones la ilusión de que algo relacionado con el amor nos sorprenda ese día, por supuesto, es más inteligente negarlo, así, si no pasa nada, el 15 de febrero podremos exclamar muy ufanos: ven? Les dije.

Seguramente llegarán comentarios a esta entrada que dirán, “yo verdaderamente no creo en el amor”, “es todo mercadotecnia, yo sostengo mi postura en contra”, “eso es hipocresía, si yo digo que lo odio, lo odio” y cosas por el estilo, vengan, anden, comenten, los espero con los brazos abiertos para que me demuestren que no soy la única loca que lo hace.

Hace poco platicaba con un amigo (al que admiro profundamente, dicho sea de paso) la influencia que tanta novela televisiva ha tenido en nuestro concepto de lo que debe o no ser el amor y yo le dije que mientras me fuera posible evitar que mi hija viera telenovelas, lo haría de mil amores, sin embargo, mañana 12 de febrero, ya se encargaron en su escuela de hacer una fiesta de San Valentín, celebrando por supuesto la amistad pero los niños de hoy…bueno, van tres pasos adelante y ya espera, como el año pasado, un peluche de parte de EL niño…ese niño. Así que mucho me temo que no puedo evitar que de una forma u otra, esté cerca del amor, al menos del concepto social del mismo, pero eso, ya lo platicaremos en otra entrada.

Por ahora, los invito a tratar de pasar el día, si bien con ilusión, sin más expectativa que lo que sus propios actos generen, a que sean ustedes los que se atrevan a hacer algo diferente por el ser amado y por supuesto a enfrentar las consecuencias, de lo contrario, mi consejo es el que yo sigo: afirmo que odio el día, que lo único que me interesa es celebrar a mi hermana y si no pasa nada extraordinario, el 15 de febrero podré exclamar con una sonrisa de oreja a oreja: ven? Les dije!

viernes, 5 de febrero de 2010

La foto con Barbie...



Luna llevaba tres semanas preguntando en qué momento iríamos por fin al circo que veía cada vez que íbamos o veníamos del colegio, yo estaba renuente porque el frío apretaba cada vez más y el mentado circo era sobre hielo. Aprendiendo las lecciones más viejas de su abuelo materno, que por supuesto yo tengo también aprendidas desde hace mucho y siguiendo su consejo de siempre “las cosas se consiguen por insistencia o por hartazgo” por fin logró su cometido y ayer le dije que sí, que iríamos al circo.


Antes de ir por ella esta tarde al colegio, trataba de prepararme psicológicamente para lo que vendría, mi Madre me avisó orgullosa que colaborando con la causa había salido presurosa detrás de la camionetita con altavoces que anunciaba gran oferta de boletos a 30 pesos cada uno, claro, donde te sangran es adentro pensé, pero igual agradecí el gesto, fui por la pulga a la escuela y pasamos al circo para conocer los horarios, pregunté cuales eran los lugares para los que aplicaba la famosa promoción de 30 pesos y por supuesto eran los peores, gayola y de ladito, así que igual tuve que comprar boletos decentes, cuando salíamos por una puertita de metal, me levanté antes de lo debido dándome un golpazo en la cabeza, juro que ví estrellitas a mi alrededor y pensé, esto es un mal augurio.

Atarantada y todo, llevé puntual a Luna a la función de las seis, una fila con proporción aproximada de dos chamacos por adulto esperaba impaciente a que abrieran las puertas y así, sin anestesia, el primer sablazo, mientras esperábamos varios vendedores ya ofrecían pepitas, cacahuates, gomitas, obleas y todas esas chunches que es costumbre mordisquear en la espera de que algo comience, Luna quiso obleas y yo con la ilusión de que adentro ya no pidiera nada, las compré…diez pesos la triste bolsita, total, por fin abrieron la puerta y entramos, yo como madre inteligente que soy elegí la última fila de la zona justo en la parte donde no hay más sillas adelante y sonreí con cara de llegamos primero, hasta que me di cuenta de que no había sillas adelante porque era la zona por la que los vendedores suben y bajan, para cuando lo advertí los mejores lugares habían sido tomados y allá fuimos a cazar lo “menos peor”, no estuvo tan mal, después de todo siendo sólo dos, fue fácil encontrar un huequito.

Por fin empezó la función, una campanita con sobrepeso salió triunfante de entre las cortinas, enfundada en un disfraz verde, de inmediato patinó hasta el aro que la elevó por los aires mientras hacía graciosas piruetas y Luna aplaudía emocionada, luego siguió la princesa Jazmín, de Aladino, no me hagan mucho caso pero algo me dice que era campanita con otra peluca, le siguieron los payasos que afortunadamente eran bastante buenos y le arrancaron un par de carcajadas a Luna (difícil empresa) y la verdad también a mí, pero yo soy de risa fácil, así que no es gran mérito, después apareció Blanca Nieves…no me hagan mucho caso pero creo que era Jazmín que a su vez era campanita, con otra peluca, acompañada de un príncipe que acá entre nos parecía su hijo y Luna de inmediato sentenció: el príncipe está medio feo, luego dijo, trae aretes, como el de la taquilla.

Después vino el intermedio, aún no prendían las luces cuando yo ya había sacado la cartera, llegaron los de los juguetes luminosos (indispensables si queríamos saludar a Barbie, que por algún motivo se anunciaba como Beybe en los carteles) luego se acercaron a vendernos la foto, misma que jamás nos enteramos que tomaron y en la que yo salgo con cara de maniática y Luna de compungida, igual la compré, no me gusta pensar en donde pueden acabar las fotos que uno no compra en los eventos, desfiló el de las palomitas y al final el globero, enseguida, comenzó la segunda parte de la función, un tipo salió a hacer danza aérea en dos lienzos de tela azul, debo decir que fue lo mejor de la noche y cuando, como todos lo hacen, se desenredó de zopetón como si fuera a estamparse contra el piso deteniéndose al final con el último nudito en una pierna, no se hizo esperar el clásico, AAAH!! de la multitud, que acompaña siempre al momento cumbre, luego, en una extraña mezcla de Vaselina con High School Musical, por fin apareció Barbie, esta era más flaca, definitivamente no era campanita con peluca, aunque advertí que se trataba también de la sirenita por el tatuaje que llevaba en la espalda baja y que se notaba desde nuestros asientos en luneta, por fin terminó la función y como era de esperarse, cuando acudimos a saludar a Barbie con el pase VIP que resultaba ser el anillo luminoso de treinta pesos que Luna llevaba puesto, yo preparaba de nuevo la cartera para el siguiente ramalazo, porque el anillo te daba el derecho de saludarla, la foto claro, era otra cosa, costaba 100 pesos y si yo quería, podía salir también en la foto por el mismo precio!!! y guardar un recuerdo eterno de los centímetros que me faltan, los kilos que me sobran y los años que no pasan en vano, agradecí sonriente y rechacé la oferta, mientras tanto, la pulga ya había saltado a la tarima y tomada de la mano de Barbie (o Beybe) sonreía a la cámara.

Mientras esperábamos la famosa foto que tardaba como si la hubieran llevado a esculpir por un pajarraco de los Picapiedra, Luna seguía modelando frente al auto rosa con interiores de peluche, escenario de la foto, cuando se hartó del modelaje, se acercó a mi y me dijo, “ya vámonos Mamá, que esperamos?” y le respondí: “pues la foto!” se me quedó viendo y en un ataque de risa me dijo, “yo lo que quería era tomarme la foto, ya me la tomé, ya vámonos” con su habitual sabiduría infantil, que estoy convencida que existe en todo niño, me explicaba, en sus palabras, que lo importante era la experiencia, el recuerdo, la emoción, yo por supuesto, con más ansias esperé la foto para luego escribir esta crónica, guardarla junto a ella y algún día, cuando veamos un álbum y juntas recordemos nuestros mejores momentos, podré decirle: “Y esta, es de cuando me enseñaste que no importa cuánto habíamos pagado por la entrada, las palomitas y la foto, sino la experiencia de haber conocido en persona, a Barbie.” no sé por qué de pronto pienso en mastercard.

Ah! Y el mal presagio del golpe en la cabeza fue porque a media función me di otro con la barrera metálica que dividía una sección de la otra, cuando hice la cabeza para atrás en una carcajada, de eso no tengo foto, pero seguro no lo olvidaré.