domingo, 19 de mayo de 2013

Chocolate y anís


Llegaba el día diez y Juan Pablo planeaba de forma anticipada las vueltas que tenía que dar para, recién cobrado su cheque, darse una vuelta por la confitería y comprar huevitos de chocolate, esos que tenían una blanca cubierta de anís y que le eran entregados en preciosas bolsitas de papel impresas con el nombre de aquel lugar “Sanborn’s”, a veces, cuando las cuentas daban para más, sumaba algunos enjambres de chocolate y una cajita de lenguas de gato.

Al llegar a casa, ni bien cruzaba la puerta llamaba a sus tres hijos para compartir aquellos tesoros, que nadie había pedido, y que todos, casi sin saberlo, esperaban.

“No sé por qué Papá trae estos huevitos que ni me gustan”, pensaba Anita, la menor de sus hijas, pero él se veía tan contento cuando los compartía, que comerlos era un sacrificio que estaba dispuesta a realizar, con tal de mantener ese lazo que quien sabe por qué, parecía ser más fuerte con una bolsita de Sanborn’s de por medio, además, su esfuerzo era recompensado la mayoría de las veces con el contenido de las otras bolsitas, y las lenguas de gato (llamadas así por la forma alargada del chocolate) ¡Uy! Esas sí que le gustaban.

Cuando aquellas bolsitas, y el sacrificio de comer los huevitos y el placer de saborear las lenguas de gato se habían hecho una tradición familiar, Juan Pablo recibió una oferta de trabajo en otra ciudad y tuvieron que mudarse, ahí no había “Sanborn’s”, pero en sus viajes a la capital, Juan Pablo no perdía oportunidad de pasar cerca de alguno de ellos y comprar algunos gramos de huevitos de chocolate, que de nuevo llevaba contento a su casa.

Los años pasaron y la tradición se diluyó en el tiempo, pero el recuerdo de las bolsitas y la cara de Juan Pablo al compartirlas, no. ¿Por qué ponían tan contento a Papá esas bolsitas? esto seguía siendo un misterio para Anita que era muy pequeña para darse cuenta siquiera del día en que ese milagro ocurría, mucho menos conocía la razón, lo único que era claro, era que se trataba de algo bueno.

El tiempo siguió corriendo (porque ¿qué otra cosa hace el tiempo sino correr?), Juan Pablo seguía trabajando y viajando a la capital y Anita ahora era una adulta que parecía haber olvidado las bolsitas de “Sanborn’s” y las dudas que le despertaban, hasta que un buen día, una noticia llegó a la ciudad, abrían una sucursal de “Sanborn’s” justo enfrente de su trabajo.

El recuerdo casi inconsciente de aquellos días felices, llevaba a Anita a visitar la confitería cada vez que podía, a veces ni siquiera compraba, pero le gustaba ver los chocolates, y los dulces, las nueces y los panecillos, y aquello le daba una sensación de bienestar tan indescriptible, que jamás se atrevió siquiera a confesarlo, sobre todo porque las miradas de las empleadas que parecían decirle: “¿hoy por fin vas a comprar algo?” comenzaban a incomodarla, así que de vez en cuando pedía cien gramos de castañas de cajú para justificar su presencia.

Años después, cuando Ana había formado su propia familia, acababa de recibir su sobre con el sueldo de un mes y mientras caminaba a casa, repasaba en su cabeza las cuentas por pagar, restaba el agua y el teléfono, la cuota de esto y la de aquello, quería asegurarse de que tenía lo suficiente, y cuando estuvo segura de que haciendo unos ajustes aquí y allá, pagando hoy esto y aquello después, sobraba algo de dinero para “darse algún lujito”, sin dar más vueltas se dirigió a Sanborn’s, pidió cien gramos de castañas de caju, cien más de lenguas de gato y antes de darse cuenta había pedido también, cien gramos de huevitos de chocolate y anís, y entonces, mientras veía la pala llena de aquellos huevitos blancos confitados entrar a la bolsita de papel, entendió todo, ¡eso era!, ¡qué satisfacción! Por fin había entendido que en todos los días que había huevitos de chocolate, Juan Pablo había cobrado su sueldo, ¡Claro! Por eso no era siempre, por eso iba acompañado invariablemente de una sonrisa de oreja a oreja, por eso era símbolo de bienestar y abundancia (aunque fueran cien gramos), porque en aquella bolsita de papel cabía lo que a veces las palabras no alcanzaban a decir, que todos los esfuerzos del trabajo diario, las presiones, las idas y venidas, todos los sacrificios que calladamente realizaba Juan Pablo en beneficio de su familia, valían la pena.

Y así, Ana caminó feliz hasta su casa donde por fin pudo compartir aquel tesoro con su pequeña hija que no entendía el motivo de aquel acontecimiento,  y que  al sentir el sabor del anís en su boca, haciendo algunas muecas dijo con espontánea honestidad: “fuchi Mamá, no me gustan”, mientras Ana, que no paraba de reír, le decía: “A mí tampoco, Sarita, a mi tampoco…” 

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