lunes, 24 de julio de 2017

Las tardes en el silo


El aroma agrio y dulce del silo vuelve a mi memoria con una claridad que me sorprende, también la textura de la paja y lo bien que amortiguaba las caídas en nuestras luchas mano a mano, que no tenían más objetivo que derribar al otro, morir de risa y volver a empezar.


No recuerdo cuántas veces fui ni cuánto tiempo pasé ahí pero el que haya sido fue poco y te fuiste tan pronto que quisiera haber estado ahí cada tarde, el Pollo me dijo que Dios te había llevado antes de que el mundo te corrompiera, eras el más puro de todos, más que la paja y el trigo, más que la tarde y el sol.


Una combinación exacta de amigo y cómplice, éramos los malqueridos, los que eran demasiado chicos para jugar con los demás y muy grandes para andar con niñerías, pero el silo era nuestro y el aro de basket cuando no había grandes, y la cochera de casa cuando los adultos hablaban adentro, era todo lo que teníamos y era todo lo que necesitábamos.


Hace veinticuatro años que no estás y aún basta un ruido, una escena, un olor, para recordarme lo mucho que te quería, y el último día que compartimos y que a pesar de haber sido testigo, conservo como una bendición, y la última vez que te vi, y estabas ahí pero ya no eras tú y después supe que a veces las pesadillas se vuelven realidad y sólo me quedó esa foto con el dije calado del Ché, del que ninguno sabíamos demasiado pero a mi me pareció padre y te lo compré y a ti te gustó y te lo ponías y ahí sigue, colgando sobre tu playera mientras sonríes a la cámara.

Te escribí un poema del que ahora me arrepiento porque era cursi y con rimas forzadas, ese está en tu casa, tus Papás lo pusieron en un marco con fotos tuyas, no me gusta, pero les gustó a ellos y ahora vive ahí donde exististe, escribí otra vez sobre ti, salió en una revista y no tengo copia, me siento en deuda contigo, siento que nunca voy a acabar de expresar lo importante que eras para mi, hasta la palabra “hermano” es demasiado poco.


Me quedé creciendo sola, sin nadie a quien hacerle aquellas preguntas elementales pero que eran altamente relevantes cuando teníamos dieciséis. Nadie va a saber jamás lo que hablamos, ni las dudas que concitamos, las charlas que espiamos ni las confesiones que hicimos. Nadie jamás ocupó tu lugar.



Ayer mientras veía con mi hija adolescente (tan adolescente como lo fuimos nosotros) un programa de juegos en el que los participantes rodaban sobre paja, no pude evitar recordarte y luego reír con ella durante todo el programa, al mismo tiempo que te pensaba y aguantaba las ganas de llorar, lo que para ella hubiera resultado completamente incomprensible, y para evitar romper en llanto abrí la boca y dije “recuerdo las tardes en el silo” mientras ella me ignoraba olímpicamente y yo te pensaba otra vez.

martes, 7 de junio de 2016

Carta Abierta

Llegó el momento, estás a un par de días de iniciar el Liceo y yo siento que envejecí diez años en un mes. Los sentimientos encontrados de abrazarte como si tuvieras cuatro años y no soltarte nunca y el de disfrutar verte crecer y hacerte más independiente, compiten en mi cabeza y en mi corazón continuamente, me pregunto si algún día cesarán, pero luego recuerdo a mi Madre diciéndome por el teléfono “No puedo creer que mi chiquita tenga cuarenta años” y me parece que no, que son de por vida.

Vienen tiempos de cambios que me asustan, seguramente a vos también, y es que es la primera vez que soy Madre y la primera que vos sos hija y naturalmente la falta de experiencia hará que cometamos algunos errores, sin embargo, yo ya fui hija y ya tuve una Madre, así que eso debería servir de algo, aunque claro está, vos sos una persona completa, diferente y yo una Madre diferente de la mía, por más que a veces la reconozca en mis palabras e incluso en mi propia voz, mientras otra vocecita me dice: “No que no?”

Recién habías cumplido once cuando una respuesta tuya, sin llegar a ser irrespetuosa, rayó en lo desafiante, debes haber advertido de inmediato mi cara de asombro porque inmediatamente me tomaste del hombro y con toda la sabiduría que a mi me falta, me dijiste: “Vos sabías que esto iba a pasar” y yo entre risas nerviosas te dije: “Sí, pero a los quince, o dieciseis!”

Ahora tienes doce, pareces más chica y la gente piensa que pasaste a 5to. o 6to. de escuela, eso ahora te da rabia pero llegará el momento en que te gustará parecer más joven y sabrás sacarle ventaja. Dormís como un oso, mis técnicas para despertarte que van desde las cosquillas en los pies hasta dejar entrar a los perros para que te salten encima, parecen cada vez menos efectivas.

Cuando vamos por la calle, siento tu manito incómoda zafarse discretamente cuando quiero tomarla para cruzar la calle, y sí, sos grande ahora, qué vas a necesitar mi mano?

No sé lo que venga, pero mi experiencia de hija me da una buena idea. Tu idea de pasarla bien incluirá cada vez más a tus amigos y menos a tus Padres, mis consejos sonarán cada vez más insoportables y decidirás no escucharlos, habrá días buenos en los que volvamos a ser las de siempre y nos tiremos toda una tarde a ver pelis, comiendo pop salado como el que comíamos en México, y otras en las que azotarás todas las puertas de la casa mientras te alejas de mi indignada.

“Papás, ayúdenlos estos primeros meses porque se agarran unos entreveros bárbaros” nos dijeron ayer en la reunión de Padres, y los Padres nos reíamos, los chicos entendían poco, pero cambiar de la figura maternal de la Maestra a la disciplina de las clases distintas y encontrar en cada Profesor un guía, no es fácil… pero qué te van a decir a vos de cambios, cambiaste de casa, de escuela, de amigos, de país nada menos! Y acá estás, sonriendo, siguiendo adelante, aprendiendo, creciendo…

En el liceo te va a ir bien, a todos nos asusta un poco empezar, pero vas a estar bien, aprenderás lo que es desvelarse para un escrito y lidiarás con la frustración de que algo no te salga bien, no te caerán bien todos tus compañeros, ni les caerás bien a todos, es imposible… pero aprenderás a formar parte de un grupo y a colaborar con quien piensa diferente a vos. Descubrirás que los profesores son humanos y tienen afinidad con unos chicos más que con otros, a veces desearás ser uno de esos chicos y a veces te alegrarás de no serlo. Es probable también, aunque ahora te parezca una bobada, que en el Liceo te rompan el corazón por primera vez y aunque sentiré ganas de romperle la cabeza al que te rompió el corazón, lloraré contigo, e intentaré convencerte de que el mundo no se acaba (no me darás pelota), luego te recordaré la historia de cómo nos conocimos con Papá y te abrazaré hasta que todo pase.

Los cambios seguirán sucediendo uno tras otro y nadie está más asustado que yo, pero creo, que como me pasó a mi, algún día por fin entenderás que mi amor es incondicional y que estaré siempre para vos y volverás, uno pasa el resto de la vida volviendo… y tal vez entonces pienses que quizás es demasiado tarde, que pasaste demasiados años azotando puertas y odiando mis reproches, pero no será tarde mi niña, porque el amor no tiene espacio ni tiempo, y su inmensidad permite que te tomes todo el tiempo del mundo para crecer y volver, cuantas veces sea necesario… vive, lucha, disfruta, sufre, cambia y vuelve… siempre será un buen momento para volver.

¡Feliz inicio de clases! 

Con amor,

Mamá

lunes, 13 de julio de 2015

Crecer era urgente

El 3 de julio cumplió años una de mis mejores amigas de… digamos, la pubertad, adolescencia y el resto de la vida, y como al parecer la distancia acrecienta las nostalgias, el día de su cumple se me antojó ponerme a recordar cómo gastábamos el tiempo que entonces parecía inagotable y ahora no alcanza para nada.

Casi todas las tardes (o al menos aquellas en las que conseguíamos más de cien pesos cada una), llevábamos nuestra humanidad y nuestros 15 años, a una cafetería que… bueh, ahora puedo decirlo, era muy linda, una cadena prestigiosa por toda la república, pero era un asco. Hasta ahora nos burlamos del café sabor calcetín hervido que nos recetábamos por horas porque era gratis! Bueno, no completamente, pero al pagar una taza, la llenaban una y otra vez mientras permanecieras en el local (lo que explica la calidad del café, probablemente solo era agua pintada), tratábamos de disimular la austeridad de nuestros bolsillos pidiendo además una rebanada de lemon pie o cualquier otra cosa que no pusiera en evidencia, lo que ahora que soy “grande” comprendo que saltaba a la vista: que éramos un par de niñas, jugando a ser grandes.

Acá un paréntesis para hablar de mi relación con el café, que es aún más antigua que con mi buena amiga Perla, cuando era niña, digamos unos 7 años, le insistía a mi Mamá que me diera café con leche, ella me decía que no era adecuado para mi edad y yo me enojaba, hasta que un día la cansé con el tema, me dio una taza de leche caliente, me acercó el café, el azúcar, una cucharita y me dijo: “preparate uno” y allá fui yo feliz de la vida pero sin idea ninguna de lo que hacía, a ponerle unas seis cucharadas de café y media de azúcar (o algo así), meneé la cuchara mientras salivaba y luego escupí aquel brebaje tan pronto como tocó mi lengua, mi Madre dio el tema por cerrado y ahí entendí que aquello no era para mi.

No sé exactamente cuando fue que comencé a tomarlo pero lo que sí sé es que aquellas tardes en VIPS con mi amiga Perla, me parecía que tenía todos los años del mundo y que eran suficientes para tomarme tantas tazas de café como horas duraran nuestras tertulias vespertinas. Recuerdo que nos esforzábamos por ponerle la crema de la forma adecuada, dándole vuelta a la cucharita para que se derramara suavemente sobre el café y al hacerlo sentíamos que habíamos envejecido por lo menos unos cinco año más.

De a poco, se volvió nuestro hogar. El capitán de meseros, hombre hecho y derecho, seguramente estaba al tanto del amor que le profesábamos y de vez en cuando nos regalaba una sonrisita que nos dejaba suspirando hasta el día siguiente. Algunas de las meseras también nos conocían y creo que jamás nos pusieron una mala cara cuando pedíamos, con la mano temblorosa y algo de hipotermia, la taza número doce.

Se nos iba la vida en bromear y reír y volver a bromear, ahí aprendí lo saludable que es reírse de uno mismo y sin saberlo tomé el más amplio curso de ironía y sarcasmo que haya podido completar. La vida era simple, excepto cuando hablábamos de nuestros amores imposibles que entonces eran muchos, eran todos! Pero entonces venía de nuevo el capitán y con otra sonrisa nos borraba de un saque el nombre de todos los demás.

Hablábamos de nuestras familias, chusmeábamos de la escuela y los compañeros, aunque no estudiábamos juntas, estábamos en la misma secundaria y teníamos amigos en común, entre ellos algunos que se sumaban y desaparecían de aquella mesa que siempre tuvo dos lugares seguros, el de Perla y el mío.

Cada sueño por loco que pareciera, era más posible que cualquier amor, y cada amor más relevante que cualquier sueño. Crecer nos era urgente, una prioridad. La de cosas que haríamos cuando creciéramos!

Y como dicen por ahí “ten cuidado con lo que deseas”… y el tiempo, que sigue siendo inagotable en el mundo aunque claramente finito para cada una, se encargó cumplir aquel deseo, y crecimos… y se acabaron las charlas en el café y ahora no recuerdo ni el nombre del capitán, sé lo que ha pasado en la vida de algunos de los que compartieron aquella mesa y a otros no los he vuelto a ver.

Perla por otro lado, me acompañó en mi fiesta de XV, en algunos paseos, en muchas bromas y charlas, estuvo en mi boda y en el bautizo de mi hija, luego el tiempo, la distancia y la vida, fueron haciendo de las suyas y por un tiempo no supe más de ella, hasta que gracias al maldito/bendito facebook, volvimos a encontrarnos y a recordar nuestras andadas y alegrarnos por las cosas buenas que le pasan a la otra y preguntándonos si todo lo demás estará bien y queriendo estar presentes aunque sea así, por fotos, me gusta y comentarios.


Crecer era urgente y ahora que ocurrió, miro a Perla en su foto de perfil con una peluca de colores y una nariz de payaso, y la mía que es un personaje de caricatura infantil y me queda claro lo que aprendimos al convertirnos en adultas. Aunque volver atrás es imposible, debemos ser fieles a la esencia de lo que somos, tener presente lo que nos hizo felices y poder regresar a esos lugares, siempre que nos sea posible, aprendimos que sin duda, ahora, recordar es urgente.

martes, 2 de junio de 2015

¡Alta Traición!

Este año, me hice la promesa de ser más audaz y dedicarme más tiempo a las cosas que más amo hacer, la resolución estaba tomada y no puedo mentir, puesto que quedó impresa en estas páginas… y aunque no hubiera estado impresa, tampoco podría mentirme a mí misma.

En México hay una expresión: “corretear la chuleta”, que se refiere a los ires y venires del día a día, hacia/desde la chamba (laburo) para, por supuesto, llevar la comida a la mesa, aunque luego en los momentos de calma, uno se detenga a reflexionar, se pregunte: “¿Qué demonios estoy haciendo?” y al otro día, vuelva a empezar.

Y es que esas resoluciones audaces y valientes, tienen muchas variables en contra… y bueno, si no, no serían valientes, serían resoluciones a secas, y en mi caso una de las principales es la estabilidad económica (o la ilusión de la misma, cosa de la que espero poder escribir en otra ocasión). Así que, en un total ataque de pánico, otra vez empecé a decir a toda oportunidad de ingreso seguro que me caía en las manos, y en un par de meses estaba tanto o más lejos de mi resolución, como lo estaba el año pasado, solo que esta vez, me di cuenta y recordé el hastío de los últimos meses del 2014, lo que costaba salir de la cama para seguir rutinas que me llenaban a medias y no poder esperar a que hubiera algún feriado a la vista que me rescatara de aquella situación… que por supuesto o era responsabilidad de nadie más que yo.

Sin embargo, ya les digo, no todo está perdido, y considero haberme dado cuenta, antes de la mitad del año, de que estaba metiendo la pata soberanamente, es un gran avance. Así que voy por un segundo intento de arriesgar, dejar ir, y ver qué pasa…

Y es que la vida no espera (miren qué frase novedosa que les traigo), pero es que ahora, en mis casi cuarenta es más evidente que nunca. Hace poco, por ejemplo, recién comprendí que mi niña ya no es una bebé, que ya no me necesita tanto como antes y que busca un espacio propio, no lejos de mi, pero no conmigo, y cuando de broma se lo reproché, me tomó del hombro y me dijo: “tú sabías que esto iba a pasar” y con su infinita sabiduría de 11 años, me dejó helada, sentada en el comedor y pensando: “Cuando carajos pasó eso?”. No fue apenas ayer que le ayudaba a abrir la bolsa de papitas porque la fuerza no le daba? No fue ayer recién que tenía miedo de los ruidos por la noche y se colaba a nuestra cama? Enserio no fue hace apenas unos meses que le elegía la ropa y le cepillaba el cabello?... Qué pasó? Y más importante aún: cuando? Qué estaba haciendo yo? Y, qué sigue?
Recuerdo que el pediatra que la recibió nos decía: “No haga caso cuando le digan que no la cargue, cárguela todo lo que quiera porque un día ya no va a poder y va a lamentar no haberlo hecho”. Se me fueron las horas con ella a mi lado en el sofá viendo horas y horas de “Mi pequeño Pony”, parece que acompañarme a hacer el super ya no es tan atractivo como antes, y la promesa de un garoto al terminar las vueltas, ya no tiene el mismo atractivo.

Por suerte, también he descubierto que hay otras cosas que ahora podemos hacer juntas y antes, cuando “era chiquita”, no. Ahora vemos películas de acción en el cine, y  asegura que los estrenos prefiere verlos conmigo porque no hablo durante la función, aún nos quedan viajes por hacer y funciones de ballet por ver, ahora vamos juntas a la convención de comics y de vez en cuando, a tomar un café y hablar de cómo nos fue en el día.

No, la vida no espera, pero sí trae nuevas promesas y experiencias, solo que para disfrutarlas hay una pequeña condición: estar ahí.


Así que, me perdono por aquella traición (mandarme a la guillotina es muy siglo XVIII), recobro fuerzas de donde es posible y reafirmo mis convicciones: quiero estar y quiero que sea HOY, porque el mañana, no llega nunca.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Excepcional

Mujeres del ENIAC
Bueno, acá va a aflorar mi lado feminista (aunque creo que ha sido evidente en el resto de los textos), pero como dicen en mi rancho: “el que avisa no es traidor”, así que de una vez lo comento.

Hace algunos años (siete, digamos) que me dedico a trabajar de forma estrecha con la tecnología, pero antes de eso ya me llamaba la atención. En casa, solía ser yo la que “reparaba” la videocasetera, las grabadoras, la que sabía cómo modificar un cassette original para convertirlo en uno grabable y viceversa. Luego, en la adolescencia pude trabajar en un canal de televisión donde me obsesionaba el funcionamiento de las editoras de video y audio, aunque yo estaba ahí como asistente de redacción y todavía usaba una máquina de escribir mecánica.

Después, en la universidad, tuve mi primer contacto con las computadoras, eran unos armatostes enormes de pantalla era negra y los textos (imágenes todavía no se podían ver) eran verdes, constituía un gran logro guardar exitosamente un archivo, ya que se tenían que escribir comandos completos, por lo que algún conocimiento de programación necesitabas, y los nombres tenían que ser algo tipo: “Tar1leg” porque el número de caracteres para los nombres estaba limitado y después daba un trabajo chino recordar qué diantres habíamos guardado con qué nombres.

En aquel tiempo (segunda mitad de la década de los noventas) trabajábamos con los discos de 5 1/4 o “floppy disks” que eran una especie de disco de acetato delgado dentro de un “sobre” de cartón negro y no eran muy resistentes que digamos, bastaba con mirarlos feos para que se rompieran y perdieras toda la información (que no era mucha) que habías guardado en ellos.

Aún con todas las limitaciones de la época, yo estaba fascinada con lo que podía hacerse con una computadora, más adelante, en mi primer empleo formal, por fin estuve en contacto con una computadora más o menos parecida a lo que actualmente utilizamos. Desde aquellos días hasta el presente, mi interés por la tecnología ha ido creciendo, sobre todo en la parte de programación, y aunque evidentemente estoy lejos de saber lo que sabe un programador o un ingeniero (después entendí que eso es lo que tenía que haber estudiado), he aprendido algunas cosas de gran ayuda de forma autodidacta.

El tema con la tecnología es, como en muchos otros casos, que se considera un terreno de hombres, la idea generalizada es que son los hombres quienes crean, instalan, reparan, programan, capacitan, etcétera, etcétera. Y la idea de que una mujer se dedique a cualquiera de las anteriores actividades, es vista todavía como algo “excepcional”.

El año pasado, habíamos acordado transmitir en forma simultánea la señal de una estación de radio fm, por internet, para que conocieran el servicio y después decidieran si lo contrataban o no, la estación accedió y yo me presenté ahí para instalar y configurar el programa que se necesitaba para tal objetivo.

Apenas crucé la puerta, el operador me hizo señas de que no podía pasar y rápidamente se levantó de su asiento para decirme: “las ventas son en la oficina”, y le dije: “ok, gracias por la información, pero yo vengo a instalar un programa para transmitir por internet, me dijeron que te iban a avisar” y el respondió, sin poder disimular ni un poquito: “¿USTED?!” y yo me reí mientras decía: “sí, yo”, el chico se dio cuenta de que la recepción había sido algo incómoda y enseguida, de forma muy amable, me indicó la máquina en la que podía trabajar. Mientras avanzábamos en la configuración, el hielo se rompió y ya no le parecía tan extraño que una señora hubiera llegado a configurar una máquina, aunque de vez en cuando usaba lenguaje técnico y me miraba fijo como para probar si yo sabía o no de lo que me estaba hablando.

Con el tiempo, las personas empiezan a relacionarte como alguien que trabaja con la informática y el hecho de ser hombre o mujer pasa a segundo plano. Más allá de esta anécdota (y muchas que me reservo) lo cierto es que el lugar de la mujer en la tecnología, no solo como quien se dedica a una tarea diaria relacionada con ella, sino como quien la crea y desarrolla, es en muchas ocasiones menospreciado, a tal grado de que algunas mujeres, cuyos grandes logros en tecnología han revolucionado el mundo, no han visto su nombre grabado en oro en los libros de historia.

Aquí tan solo unos ejemplos:

Ada Lovelace (probablemente fue más conocida por ser hija del poeta Lord Byron) fue, en el siglo XIX, la creadora del primer programa informático de la historia, solo que los escribió para “Charles Babbage” quien a la fecha es considerado el “Padre de la Computación”. Para reinvindicarla de alguna forma, en 1979 el departamento de Defensa de los Estados Unidos creó un lenguaje de programación llamado “Ada”… y bueno, algo es algo.


Grace Murray Hopper fue la inventora del lenguaje de programación COBOL, pensado para facilitar el desarrollo de programas informáticos para gente sin conocimientos específicos en este campo. Es decir que gracias a ella, personas comunes podían utilizar una computadora y no solo los ingenieros.

Hubo también un esfuerzo por reconocer su sitio en la historia, cuando en 1971 se crearon los premios “Grace Murray Hopper Award” (seguramente han escuchado hablar de ell… no, olvídenlo).

Las mujeres del “ENIAC”.  Si bien los nombres conocidos en torno a la primera computadora de la historia son los de John Presper Eckert y John William Mauchly, lo cierto es que en el desarrollo de esta máquina, presentada al público en 1946, se contó con la imprescindible colaboración de siete mujeres: Adele Katz (redactora del manual y formadora de las seis mujeres que la pusieron en funcionamiento), Kay McNulty, Jean Bartik, Betty Snyder, Marlyn Wescoff, Frances Bilas, y Ruth Teitelbaum, desarrolladoras de los primeros programas de software que abrieron el camino para que esta fuera considerada una nueva profesión, y cuyos nombres fueron literalmente ocultados durante años.

La lista sigue y sigue y continúa en el siglo XXI, pero lamentablemente el espacio no es suficiente, espero poder retomar el tema más adelante, pero no puedo irme sin mencionar a Ida Holz, uruguaya, que se ganó un lugar en el Salón de la Fama de Internet (premio honorífico administrado por la Internet Society), quienes la reconocen como una figura clave en el establecimiento de internet en América Latina durante los años 90.

Se graduó de la primera generación de ingenieros en computación uruguayos de la UdelaR y luego de estar exiliada en México, regresó a Uruguay a colaborar con la propia universidad (con mucho trabajo y logros en el medio) y en 1994 participó en la conexión directa de Uruguay con un enlace en Miami, lo que dio origen a Internet en la República Oriental… no es poco, ¿eh?


Faltan, como dije antes, decenas, cientos de nombres de mujeres que a su paso por la informática, la tecnología o la ciencia en general, se han ido borrando de la memoria histórica, para dar paso a “los padres de…”. Desde Hipatia de Alejandría, hasta Isabelle Olsson (líder del equipo que diseñó los famosos lentes Google), estas mujeres merecen ser reconocidas y recordadas, no solo por las organizaciones dedicadas al estudio de internet, sino por los libros de historia, las enciclopedias y todo lo que permita saber a las nuevas generaciones, que una mujer dedicada a la tecnología, no es una excepción.

lunes, 5 de agosto de 2013

Rituales

Ustedes no están ni cerca de imaginar lo pacientes que suelen ser los editores del Semanario cada vez que se me ocurre escribir alguna “colaboración”, y cuando por fin consigo llegar “en safe” (dijeran en el beisbol) con la columna terminada, resulta que es algo totalmente diferente a lo que habíamos conversado en un inicio.

En esta ocasión por ejemplo, recién llegada de Montevideo, después de dar oooootra vuelta más en el proceso de mi trámite de residencia legal permanente, se me ocurrió escribir algo relativo a las diferencias (y similitudes) que conlleva realizar un trámite este tipo aquí y en México, pero a riesgo de ser deportada si digo alguna burrada, cambié de opinión y aprovecharé el espacio para hablar de otro tema.

A lo largo de mi vida he tenido diferentes tipos de pasatiempos, desde repostería hasta pintar cerámica (pasando por coleccionar timbres y cucharas) lo que se les ocurra, de seguro lo hice o lo coleccioné, siempre en esa búsqueda de cosas que consigan apasionarme, y sin darme cuenta, hubo una constante, que forma parte de mi de tal manera que no la he considerado jamás un pasatiempo, sino justamente eso, parte de mi: el cine.

Sería muy atrevida de decir que sé algo de cine, no soy ni crítica ni cineasta, pero sí una MUY ávida espectadora, y encuentro mucho placer en ver que mi hija es también una cinéfila empedernida y que ha pasado de la imitación a sus propias elecciones.

El cine me ha marcado desde muy joven, tengo actores, directores y por supuesto, películas que me resultan intrañables, me parece (aquí es donde me agacho por si vuelan los tomatazos) que muchas películas son capaces, no sé si de enseñarnos algo, pero sí de transmitir mensajes que nos cambien la vida, es decir, mensajes que generen una profunda reflexión y se traduzcan finalmente en una acción en la vida real, un cambio en el guión.

Disfruto del cine cada vez que puedo y como puedo, a veces pesco alguna película en la televisión, a veces me valgo de internet para encontrar alguna, otras veces las alquilo… pero sin duda, nada se compara con la emoción de verla en el cine.

Sí, con todo y el niño preguntón, las adolescentes gritonas y la suerte de que el que tiene la costumbre de patear el asiento de enfrente se siente detrás de mi, con todo y eso y quizás incluso también por eso, disfruto enormemente cada visita a la sala de cine.

En diferentes momentos de mi vida, el ir al cine ha constituido un ritual diferente. Cuando era niña y me llevaban mis Papás, en ese universo interminable que es la Ciudad México, recuerdo que una de mis grandes frustraciones fue cuando mi Mamá por fin accedió a llevarme a ver “Katy la Oruga”, una de las primeras películas de animación realizadas en México, recuerdo bien que mi Papá nos dejó en el cine, nos dijo a qué hora pasaba por nosotros y se fue. Cuando llegamos a la taquilla, nos encontramos con la terrible noticia de que ya no había boletos para esa función y que la siguiente con asientos disponibles era no dos, sino cuatro horas después. En ese tiempo no había celulares y con el tráfico de la ciudad y la dificultad para moverse de un punto a otro, mi Madre dejó en claro que era imposible ver la película, no íbamos a decirle a mi Papá, después de la hazaña de llegar puntual por nosotros, que nos íbamos a quedar ahí cuatro horas más hasta que empezara la película y dos más hasta que terminara, así que hasta ahí llegó el intento. Las películas no salían pronto a la venta y ahora que lo pienso creo que ni el VHS existía entonces, así que la vi por fin como tres años después cuando la dieron por televisión, y todavía me encanta.

Pero bueno, fuera de esa experiencia, el ritual de aquella época, o por lo menos la forma en que quedó grabado en mi memoria, era algo así como el ritual de la abundancia, no recuerdo que mi Papá (mi Mamá sin duda lo hizo) haya dicho jamás que no a comprar palomitas (pop), caramelos, pasitas con chocolate, barras de toblerone y por supuesto un refresco servido en un vasote lleno de hielo hasta la mitad, que no sabía más que a agua con azúcar pero que costaba lo mismo que si fuera un Dom Pérignon, entonces, por supuesto, la niña preguntona era yo.

Luego, cuando era jovencita y por fin me dejaban ir sola con mis amigas, el ritual cambiaba y me volví adolescente gritona, sin duda hice una, varias o TODAS de las actitudes que ahora me molestan, como reírme como loca, tirarle palomitas a los de enfrente o sacarle la lengua a la vieja que mandaba callar (creo que en este punto ha quedado claro que ahora soy la vieja que manda callar). En esa época, como me han contado que pasaba también por acá, se usaba ir a ver más de una película, entonces había intermedios, que aprovechábamos para ir a comprar más golosinas, comentar sobre la película, intentar cambiarnos de sala sin ser descubiertas y otras cosas por el estilo. También había algo llamado “permanencia voluntaria”, consistía en que si vos comprabas un boleto, tenías derecho a ver las dos películas, las veces que quisieras… así que si llegabas media hora tarde a la función, no pasaba nada, porque veías la película, después la otra película y después la primera media hora que te habías perdido de la primera película, cosa que ahora que lo escribo suena bastante estúpido, pero bueno, así era, y creo que más de una vez “vi” una película siguiendo ese principio.

Después vino mi etapa intelectual, en la que pensaba que solo las películas independientes merecían mi atención y visité de forma asidua salas de cine culturales, generalmente medio vacías y cuyo concepto de dulcería era un señor vendiendo semillitas en la puerta. Nada lamento de esa etapa que me abrió los ojos a otro tipo de cinematografía, pero pronto terminé por aceptar que no hay UN solo género al que quisiera dedicar todo mi tiempo cinéfilo, porque igual me encantaba una de Cantiflas que una de Buñuel, así que di por cerrada la etapa y me dediqué a lo que me parece el fin último del cine: el disfrute.

Como Mamá, una nueva etapa cinéfila comenzó, cuando mi hija tenía menos de dos años, la llevé por primera vez al cine, la función era “El efelante” (no, no escribí mal, así se llamaba: “EFELANTE”), tenía mis dudas acerca de si la película conseguiría captar su atención por más de una hora, e iba preparada mentalmente para abandonar la sala si se ponía muy inquieta, pero nada de eso ocurrió, vio la película completa y sentada en su banquito (en el cine al que íbamos había unos banquitos especiales para los más chiquitos, que se acomodaban encima de la butaca para que estuvieran más alto). Terminando la película, como es mi costumbre desde hace muchos años, me quedé hasta los créditos finales, durante los mismos, imágenes de Winnie Pooh jugando con el Efelante y sus otros amigos, seguían apareciendo en la pantalla, y mi hija, con los ojos bien abiertos, estiraba una manito diciéndoles adiós… creo que lloré cuando lo vi hacerlo y ahora que lo recuerdo, siento ganas de llorar otra vez… una cinéfila había nacido.

Desde entonces, el ritual del cine la incluye a ella y ahora que es más grande y podemos elegir juntas películas horarios, golosinas y asientos, soy más cinéfila que nunca, no desaprovechamos ninguna oportunidad de sentarnos frente a la pantalla grande y al salir, siempre, infaltablemente, lo primero que sale de su boca es: ¿Cuál fue tu escena favorita?

Tanto amamos al cine que celebramos su cumpleaños número diez con una improvisada sala de cine en casa y el plan para celebrar mi cumpleaños en días próximos incluye una escapada a alguna sala de Montevideo para ver “algo” en 3D… ¿Algo qué? …no sabemos, pero seguro valdrá la pena.



Las dos sentadas en el cine compartiendo una gran caja de pop salado… ESA, es mi escena favorita.

domingo, 19 de mayo de 2013

Chocolate y anís


Llegaba el día diez y Juan Pablo planeaba de forma anticipada las vueltas que tenía que dar para, recién cobrado su cheque, darse una vuelta por la confitería y comprar huevitos de chocolate, esos que tenían una blanca cubierta de anís y que le eran entregados en preciosas bolsitas de papel impresas con el nombre de aquel lugar “Sanborn’s”, a veces, cuando las cuentas daban para más, sumaba algunos enjambres de chocolate y una cajita de lenguas de gato.

Al llegar a casa, ni bien cruzaba la puerta llamaba a sus tres hijos para compartir aquellos tesoros, que nadie había pedido, y que todos, casi sin saberlo, esperaban.

“No sé por qué Papá trae estos huevitos que ni me gustan”, pensaba Anita, la menor de sus hijas, pero él se veía tan contento cuando los compartía, que comerlos era un sacrificio que estaba dispuesta a realizar, con tal de mantener ese lazo que quien sabe por qué, parecía ser más fuerte con una bolsita de Sanborn’s de por medio, además, su esfuerzo era recompensado la mayoría de las veces con el contenido de las otras bolsitas, y las lenguas de gato (llamadas así por la forma alargada del chocolate) ¡Uy! Esas sí que le gustaban.

Cuando aquellas bolsitas, y el sacrificio de comer los huevitos y el placer de saborear las lenguas de gato se habían hecho una tradición familiar, Juan Pablo recibió una oferta de trabajo en otra ciudad y tuvieron que mudarse, ahí no había “Sanborn’s”, pero en sus viajes a la capital, Juan Pablo no perdía oportunidad de pasar cerca de alguno de ellos y comprar algunos gramos de huevitos de chocolate, que de nuevo llevaba contento a su casa.

Los años pasaron y la tradición se diluyó en el tiempo, pero el recuerdo de las bolsitas y la cara de Juan Pablo al compartirlas, no. ¿Por qué ponían tan contento a Papá esas bolsitas? esto seguía siendo un misterio para Anita que era muy pequeña para darse cuenta siquiera del día en que ese milagro ocurría, mucho menos conocía la razón, lo único que era claro, era que se trataba de algo bueno.

El tiempo siguió corriendo (porque ¿qué otra cosa hace el tiempo sino correr?), Juan Pablo seguía trabajando y viajando a la capital y Anita ahora era una adulta que parecía haber olvidado las bolsitas de “Sanborn’s” y las dudas que le despertaban, hasta que un buen día, una noticia llegó a la ciudad, abrían una sucursal de “Sanborn’s” justo enfrente de su trabajo.

El recuerdo casi inconsciente de aquellos días felices, llevaba a Anita a visitar la confitería cada vez que podía, a veces ni siquiera compraba, pero le gustaba ver los chocolates, y los dulces, las nueces y los panecillos, y aquello le daba una sensación de bienestar tan indescriptible, que jamás se atrevió siquiera a confesarlo, sobre todo porque las miradas de las empleadas que parecían decirle: “¿hoy por fin vas a comprar algo?” comenzaban a incomodarla, así que de vez en cuando pedía cien gramos de castañas de cajú para justificar su presencia.

Años después, cuando Ana había formado su propia familia, acababa de recibir su sobre con el sueldo de un mes y mientras caminaba a casa, repasaba en su cabeza las cuentas por pagar, restaba el agua y el teléfono, la cuota de esto y la de aquello, quería asegurarse de que tenía lo suficiente, y cuando estuvo segura de que haciendo unos ajustes aquí y allá, pagando hoy esto y aquello después, sobraba algo de dinero para “darse algún lujito”, sin dar más vueltas se dirigió a Sanborn’s, pidió cien gramos de castañas de caju, cien más de lenguas de gato y antes de darse cuenta había pedido también, cien gramos de huevitos de chocolate y anís, y entonces, mientras veía la pala llena de aquellos huevitos blancos confitados entrar a la bolsita de papel, entendió todo, ¡eso era!, ¡qué satisfacción! Por fin había entendido que en todos los días que había huevitos de chocolate, Juan Pablo había cobrado su sueldo, ¡Claro! Por eso no era siempre, por eso iba acompañado invariablemente de una sonrisa de oreja a oreja, por eso era símbolo de bienestar y abundancia (aunque fueran cien gramos), porque en aquella bolsita de papel cabía lo que a veces las palabras no alcanzaban a decir, que todos los esfuerzos del trabajo diario, las presiones, las idas y venidas, todos los sacrificios que calladamente realizaba Juan Pablo en beneficio de su familia, valían la pena.

Y así, Ana caminó feliz hasta su casa donde por fin pudo compartir aquel tesoro con su pequeña hija que no entendía el motivo de aquel acontecimiento,  y que  al sentir el sabor del anís en su boca, haciendo algunas muecas dijo con espontánea honestidad: “fuchi Mamá, no me gustan”, mientras Ana, que no paraba de reír, le decía: “A mí tampoco, Sarita, a mi tampoco…”